jueves, 16 agosto 2018
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, última actualización

Descansa en paz

17 ene 2018 / 16:15 h - Actualizado: 17 ene 2018 / 16:17 h.
  • Descansa en paz

Por Beatriz Silva, 15 años, ganadora de la XII edición de Excelencia literaria

Ya no hay rencor en su mirada, ya no hay tristeza en sus ojos. Las resignación se ha desvanecido de su rostro dejando paso a la calma, que ahora parece querer abarcarlo todo. Sus párpados están cerrados y el tacto de su piel es pétreo y frío como témpano de hielo. Las manos apoyadas en cruz sobre su pecho parecen querer detener el tiempo y todavía son visibles la pequeña cicatriz de su mejilla y la cadena con el crucifijo que pende sobre su cuello.

Su expresión adormecida transmite serenidad y estabilidad y actúa como leve bálsamo ante la inquietud y el dolor que ahonda en los corazones de los presentes, que derraman lágrimas a la vez que dejan caer suspiros entrecortados. Y es que él, desde otra dimensión inexplicable, se observa a sí mismo recostado sobre el mullido terciopelo rojo que forra las paredes del ataúd donde yace.

<>, piensa mientras se observa, como intentando memorizar cada una de sus facciones. Una amarga sonrisa se empieza a formar en las comisuras de sus labios al fijar su vista en el flequillo que adorna su frente. <>, murmura, <>, sonríe al recordarla como la persona especial que era, envuelta en capas y abrigos de piel y portadora siempre de una cálida sonrisa. Ahora la ve junto a su abuelo, fiel soporte y apoyo reconfortante. Las lágrimas resbalan por su delicada piel y emiten destellos bajo la luz del sol que brilla en lo alto, como burlándose de la seriedad del día.

Posa su mirada en la primera fila de personas frente a su ataúd y por un momento no sabe reaccionar. Piensa en exclamar: <>, pero sabe que de nada servirá, así que se limita a mirar los rostros de las personas que más ha querido en los veinte años que ha vivido; sus padres y sus hermanos. Ahora lo entiende, son tantas las cosas que querría decirles en este momento que no sabe cómo expresarlas adecuadamente. Solo se le ocurre un <>.

<>. Como si sus padres, allí sentados en primera fila, le hubiesen oído, una ligera brisa viene a refrescarles, por un momento, el ardor de sus adentros.

El entierro ha llegado a su fin. Cuando el cementerio se encuentra vacío, los pétalos de rosa esparcidos por el viento y los árboles meciéndose suavemente, como representando un último baile de despedida a su cuerpo, que se halla ya bajo la tierra, su alma joven observa la puesta de sol y la belleza del mundo por última vez. No está angustiado, ni preocupado, ni siquiera triste. Muy al contrario, espera ansioso la llamada y el paso a la felicidad eterna. Cuando el último rayo de sol se oculta tras las montañas, sabe que por fin su hora ha llegado.

Aferra la mano que se le tiende y mientras la luz eterna le engulle, llora de dicha. <>, se dice a sí mismo. Por fin el vacío se ha llenado, porque ha encontrado aquello que andaba buscando con tanto afán.


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