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La Tostá

El amor no vive en el Corte Inglés

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
06 feb 2019 / 06:06 h - Actualizado: 05 feb 2019 / 18:08 h.

He estado casi toda mi vida enamorado. Cuando nací, la matrona de Arahal le dijo a mi madre que había traído al mundo a un enamorado. Algo me vería la buena mujer, seguramente el ojo izquierdo algo guiñado por la luz de la vela, porque me suele molestar la claridad y tiendo a cerrar ese ojo desde que era un niño. En casi todas las fotografías aparezco con el ojo distraído, porque, encima, los fotógrafos de aquellos años te ponían de cara al sol porque no controlaban los contraluces con aquellas cámaras de tres al duro. Pero enamorado de verdad no he estado, creo, nada más que una o dos veces como mucho, que no son muchas para tener ya seis décadas y ser tan enamoradizo. Mi madre decía que era el enamorado Liendre, que creo que fue un zapatero remendón de Arahal. Las liendres son los huevos de los piojos, así que no sé qué relación podría tener el apodo de aquel buen señor con el amor desenfrenado, de locura, que es el de verdad. ¿Cómo sabe uno que está locamente enamorado? No lo sabe, lo siente en todo el cuerpo, tanto en la piel como en las últimas habitaciones del corazón y de la sangre. Y ahí empiezan los problemas, cuando lo sientes de una manera que te impide controlarlo. ¿Se puede fingir el amor? Totalmente. Se puede, pero no se debe, porque si fingimos estar enamorados ante alguien que sabemos con certeza que lo está de ti hasta las trancas, es de las cosas más crueles que podemos llevar a cabo los seres humanos. Dentro de una semana es San Valentín, el día de los enamorados. Me gusta ese día y nunca se me ha olvidado regalar algo a la mujer amada, una flor, un perfume o una sencilla soleá de tres o de cuatro versos. Este año me voy a librar y es un alivio, porque uno no sabe muy bien con qué acertar a la hora de regalar algo a una mujer a la que quieres más que a tu vida. Quererla con toda el alma, de verdad, sin teatro, tendría que bastar para celebrar tan señalado día. Pero si se te olvida pasarte por el Corte Inglés, que sepas que jamás se va a creer que estás tan enamorado como el Liendre. Y el amor no vive en el Corte Inglés, sino en las soleares.

El amor es tan sencillo

como te voy a explicar.

Es la primera mentira

y la última verdad.


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