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El bien común puede ser una solución a la inmigración injusta e inhumana

Mirar al mundo comporta compromiso, porque solo así se podrá ayudar a cambiar ciertos parámetros del comportamiento político y económico de aquellos países que generan una inmigración cruel

17 jul 2018 / 20:15 h - Actualizado: 17 jul 2018 / 22:44 h.
  •  El bien común puede ser una solución a la inmigración injusta e inhumana

Mi percepción es que el bien común, como marco de la economía, es un camino esencial para que países condenados, por razones duras y violentas, a que sus habitantes tengan que emigrar ayudará a normalizar el desarrollo económico y social de territorios inmensos sumisos en conflictos bélicos y en el aprovechamiento desmedido de sus riquezas naturales; así como al resurgimiento de zonas devastadas por una pobreza provocada por la falta de planificación y compromiso. Podemos señalar que la culpabilidad está en gobiernos y políticos carentes de un comportamiento ético y democrático, al mismo tiempo que en la falta de un interés práctico y comprometido de sociedades avanzadas económicamente. Estas planifican sus responsabilidades políticas y económicas en beneficio exclusivo de los intereses partidistas y de una implicación cortoplacista.

Mirar al mundo comporta compromiso, porque solamente de esta manera se podrá ayudar a cambiar ciertos parámetros del comportamiento económico y político de todos aquellos países que están generando una inmigración injusta y cruel; países que vieron nacer a sus habitantes y, ahora estos, están errantes por un mundo falto de amor y comprensión; como si tuvieran la culpa de haber empezado el peregrinar a no se sabe a qué paraje o trozo de tierra.

En mis años como director de Cooperación Internacional de Cáritas Española y ya hace veinte años que dejé esta responsabilidad, me percaté que los conflictos bélicos y la pobreza extrema dibujarían en los años sucesivos un paisaje cultural y antropológico muy diferente. Esto tendría que llevar a un replanteamiento de la cooperación internacional y, por ende, a un marco económico que fuera capaz de evitar el desastre al que muchos países estaban siendo abocados; pero también a la responsabilidad de los países conocidos como países desarrollados y del primer mundo.

En muchas de estas zonas, en el 95%, la Iglesia Católica ha sido y sigue siendo la voz que grita en el desierto. La Iglesia no ha abandonado a una población desesperada por el sufrimiento al que está siendo sometida. En la década de los 90, sirva como mero ejemplo, Mozambique salía de una terrible pesadilla y la comunidad de Santo Egidio trabajó intensamente por ayudar a alcanzar la paz y la estabilidad social. Ruanda se vio azotada por un conflicto civil y étnico de dimensiones, todavía hoy, incalculables para miles de personas que tuvieron que dejar el país. Sí, ahí estuvo la Iglesia y sigue estando, ahí aprendí que la vida en situaciones injustas poco vale. ¿Quién se acuerda hoy de estas dos realidades?

Es necesario conocer y hasta haber sufrido las consecuencias de los conflictos bélicos o de pobreza. Me sorprende la actitud de muchos de nuestros políticos actuales, aquéllos que plantean limitaciones migratorias; pero también aquellos que, sin una reflexión serena y sensata, se suman a lo mediático, interesado y manipulable. Me falta algo esencial en todos ellos, escuchar y ver cómo tratan, de manera conjunta, las causas de los movimientos migratorios buscando entre todos qué soluciones se deberían aplicar en origen. No lo hacen porque esto les conduciría a actuar con coherencia y sacrificio. Tendrían que reconocer, en primer lugar, la labor misionera, asistencial y promocional a través de la implicación pastoral y social que tiene la Iglesia Católica. El papa Francisco siguiendo la línea de los últimos papas denuncia con fuerza las terribles circunstancias políticas, económicas y de pobreza a las que están sometidos muchos países de nuestro mundo, en especial de los continentes de América Latina, África y de Asia. Una salida a la crisis migratoria sería la aplicación de un proyecto global basado en los principios de la economía del bien común siguiendo los parámetros de la doctrina social de la Iglesia. Para que esto sea posible es preciso alinear los intereses de la economía y de la política. Se trata de buscar canales efectivos entre los gobiernos y las empresas. Para alcanzar este objetivo hacen falta líderes, pero líderes que basen su trabajo y planifiquen la estrategia desde la comprensión, la implicación, la honestidad, la transparencia y, sobre todo, en el amor a los demás. Suena poético, pero es la única forma que tenemos de evitar la tragedia de los movimientos migratorios. Las personas no podemos estar sujetas al capricho de personas sin alma. Creo que un párrafo del libro de Chris Loweny, sobre el liderazgo al estilo de los jesuitas, resume muy bien el marco de trabajo que deberíamos de tener al respecto, no son las compañías sino las personas las que tienen conciencia de sí mismas, y no son las organizaciones sino lo seres humanos los que tienen amor. Liderar es una elección personal. Cualesquiera que hayan sido los pasos en falso de los jesuitas, ninguno olvidó jamás que los líderes se desarrollan uno por uno, y ninguno escatimó esfuerzos en el proceso de convertir a los jesuitas en líderes.

Precisamos políticos y empresarios con este perfil, son los únicos que tendrán capacidad de decisión para evitar la tragedia de miles de seres humanos obligados a huir, y aquí el bien común debería ser el reflejo de la gestión de gobierno y de la actuación económica.

La próxima semana intentaré reflexionar sobre liderazgo y bien común.


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