jueves, 22 agosto 2019
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El cementerio de las letras

Miguel Aranguren @miguelarangurn /
04 abr 2019 / 12:39 h - Actualizado: 04 abr 2019 / 12:42 h.
  • El cementerio de las letras

Después de Ferlosio... ¿quién? Esta es la conclusión más grave después del fallecimiento del último referente de la literatura en español. Podría contestarme que Vargas Llosa, pero tengo mis dudas porque sus últimas novelas son de segunda B y, a pesar del Nobel, para formar parte de los autores que se estudian en Bachillerato uno debe ofrecer un historial impoluto. Claro que en los manuales aparece Isabel Allende, a la que además obligan a leer para aprobar el examen de Selectividad, en un acto interesado en el derrumbe intelectual de la juventud.

A Sánchez Ferlosio le habrían bastado sus “Industrias y andanzas de Alfanhuí” para merecerse el nombre de todas las grandes avenidas de España. Sin embargo, no cuenta en la literatura para Selectividad, como dejó de contar, hace mucho, pero mucho tiempo, en las lecturas de la Secundaria. Si al menos le abrieran un hueco a alguno de sus cuentos... Porque entiendo que “El Jarama” es un reto imposible para el noventa por ciento de los alumnos que aspiran a sentarse en una facultad. Y para casi el cien por cien de los profesores que lengua y literatura, vaya por Dios. Porque “El Jarama” es como un puré denso de maicena, con el que el lector se atraganta ante la naturalidad del texto, la pátina de tristeza propia de Ferlosio y la aparente nadería de un tiempo en el que no existían los teléfonos móviles.

Después de Ferlosio... ¿quién? Que hace ya unos años se nos murió Delibes, y también Martín Gaite y Cela -por lo que tuvo y no retuvo-, y mucho antes la discreta Laforet, y la genialidad encriptada de Borges y el escritor de una sola novela, García Márquez. Dicen que nos queda Marías, pero no termina de convencerme. Dicen que quedan más y que venden muchos ejemplares, pero ese dato no me dice nada porque pienso en Alfanhuí y su gallo de hierro, en el taxidermista, en su abuela y en una España en la que, sin haberse completado la alfabetización del pueblo, se hablaba con la belleza y bravura con la que Sánchez Ferlosio fue capaz de construir su obra narrativa.


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