viernes, 21 septiembre 2018
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El cura de la Pañoleta

LA TRASTIENDA HISPALENSE

13 ene 2018 / 20:16 h - Actualizado: 13 ene 2018 / 21:44 h.

Cuando los Reyes Magos volvían a sus palacios de Oriente, por la ruta de los pueblos blancos, el relente de la mañana del día 8, caía gélido sobre el barro de los tejados de las viejas bodegas de San Rafael y Gaviño, en el barrio camero de La Pañoleta... Ni siquiera la solera de arte de mi amigo Baldomero Vázquez, quitaba el frío que se arremolinaba entre el Aljarafe y el Guadalquivir... Penas y dolores, angustias y pesares, lágrimas y oraciones, caminaban de la mano del “frío de la muerte” hacia la Iglesia de Nuestra Señora de Guía, donde vecinos de Santa Rosa y de la Cruz, coqueros, pañoleteros y poncinos, amén de amigos de los cuatro confines de Sevilla, se congregaban alrededor de un cáliz de barro que Monseñor Asenjo, en misa solemne, alzaba sobre el féretro del “cura del pueblo”, el auténtico siervo de Dios, el hombre que entregó su vida a la apostolización, un sacerdote extraordinariamente bueno, llamado Fernando Camacho.

Profesor de teología, estudioso de los evangelios, canónicos y apócrifos, que leía y transcribía en diferentes lenguas, y luchador por la igualdad y la libertad de sus fieles a los que se entregó durante cuarenta años con la mayor y mejor actitud de generosidad y ayuda, por eso Nuestra Señora de Guía se convirtió en la Basílica de San Pedro de la Roma camera, sencilla y humilde, amorosa y fascinante, donde Fernando salvaba almas, donde Fernando salvaba vidas y donde Fernando fue despedido por su gente, los que lo queremos y los que no teníamos más remedio que quererlo, los oprimidos y los inmigrantes, los drogodependientes y los que, gracias a él, consiguieron la independencia, los necesitados y los enfermos, los leales seguidores y la gran legión de amigos, mosqueteros todos, al servicio de su fe y de su tesón de contienda por la honradez social.

¡Dame para que otros tengan que las migajas de tu opulencia son el maná del cielo para la indigencia, la miseria y la desgracia! ¡Este arrabal marginal y obrero es el mejor Vaticano de mi vida, el mejor huerto para sembrar mis bienaventuranzas, el bendito altar de mis oraciones!

La calle Écija se llenó de salmos sinfónicos y ovaciones cuando el túmulo, portado por el pueblo, inició su marcha definitiva... Mi comadre María Luisa lloraba... Mi compadre Pepe Clérigo aguantaba el tirón. Bendito el Jordán de la Piñera donde bautizaste a mi Pascualito, querido Fernando... Bendito seas en esa Gloria que siempre soñaste y que está justamente detrás del “Horizonte humano”... Hasta siempre, amigo.


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