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Viento Sur

El doble ejemplo de Rafael Riqueni

22 nov 2015 / 20:05 h - Actualizado: 22 nov 2015 / 19:56 h.

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La música le salvó de las fieras. De las interiores y de las exteriores. El guitarrista Rafael Riqueni reinó el último sábado en el trono de La Maestranza de Sevilla, brindando un doble ejemplo, el del virtuosismo y el de la supervivencia.

Dicen que podría haber sido el más grande, pero siempre fue el más grande. Nadie como él, probablemente, haya podido escapar de sus fantasmas y preservar al mismo tiempo su talento. La guitarra no es un deporte de competición sino de resistencia. No hay más rival que uno mismo. Ni los grandes maestros, ni los compañeros de viaje, ni lo que pudo haber sido y no fue. El tocaor se enfrenta al misterio de sus entrañas y la guitarra no es más que el demiurgo que apacienta a sus demonios. Esa ecuación que puede aplicarse a cualquier virtuoso resulta decisiva en el caso del trianero Riqueni, el vecino de El Pali, el certero autor de la Suite Sevilla o Alcázar de cristal: se salvó, en su día, del naufragio bipolar que su naturaleza y sus excesos le llevaron hasta la residencia Tharsis, en Huelva, desde donde quiso huir de la esquizofrenia su admirado Niño Miguel. Y acaba de salir de prisión, con un tercer grado que le reconcilia con la normalidad que una sentencia tardía le arrebató hace meses.

En tiempos como los que corren, cualquier alumno aplicado puede soñar con ser artista. Lograrlo es diferente. Quizá muchos de ellos arrojarían la toalla al primer tropiezo con su propio espejo. Y difícilmente su orgullo sobreviviría a la prisión, esa universidad de los pobres como le llamara Antonio Gramsci. Ignoro si la historia hará inmortal a Rafael Riqueni, pero de momento la vida ya lo ha hecho invencible.


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