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El domingo dorado

13 dic 2017 / 17:05 h - Actualizado: 13 dic 2017 / 17:07 h.

Por Miguel María J. de Cisneros, ganador de Excelencia Literaria X
Eran las ocho de la mañana cuando la señora Aurelia, viuda y costurera retirada, se asomó a su balcón de la Via Laiteana, en Barcelona. No había muchos viandantes, corría una brisa fresca y despuntaba un día que prometía estar despejado. Frente a su edificio había algunas banderas en diferentes balcones: esteladas, rojigualdas y senyeras.

Entró a preparase el desayuno.

A eso de las diez, Joan bajó deprisa los escalones de su casa y se encaminó a Plaza Artós, en el barrio de Sarrià. Allí la animación era fuerte: banderas de España y senyeras, gente saludándose, muchos cantando... Comenzaron a dirigirse hacia la Diagonal. A los pocos minutos encontró por fin a sus amigos Xavi y Luis, y a algunas amigas más.

- ¡Cuánta gente! No pensé que la manifestación fuese a tener tanto éxito.

- Y lo que queda; ya verás...

- Eh, mirad. ¡Es Nico Prats! Ha venido.

- ¡Ah sí! Me acaba de llamar.

Nico, de Asturias, había coincidido con muchos de ellos durante las vacaciones y mantenía la relación. Venía con unos amigos.

- ¡Nico! ¡Nico! Qué buena esta visita, hombre.

- Por fin os encuentro. Teníamos que venir, no podíamos quedarnos en Oviedo con los brazos cruzados mientras vosotros sufrís.

-Se agradece –intervino Xavi-. Han sido unos días muy duros. Muy, muy duros. Cuando las personas le dan la espalda a la realidad, empieza un grave problema.

Avanzaban por la Diagonal. La multitud se les unía por ambos lados de la calle. Desde los balcones, los vecinos miraban, animaban e, incluso, hacían ondear distintas banderas. También había coches y motos que, por la vía de servicio, avanzaban lentamente y trataban de infundir ánimo a los manifestantes con la algarabía de los cláxones.

-Hemos vivido momentos muy complicados –le comentó Celia a Nico-. El pasado domingo hubo mucha tensión durante el día, y por la noche hubo gritos e insultos. Nunca había visto nada parecido. En Barcelona unos pensamos de una manera, otros de otra, pero no te encontrabas este tipo de momentos llenos de odio.

- ¡Vaya panorama! –exclamó el muchacho-. Es un penoso sinsentido.

-Mis abuelos no sabían castellano –prosiguió Celia-. Hablaban catalán. Pero ahora me llaman falsa catalana. Quieren echarme de mi tierra porque son ellos y no la realidad, los que deciden quién puede quedarse en esta tierra, que es la mía.

La chica apretó con las manos el soporte de la bandera que llevaba. Pensó en lo que significaba aquella enseña: héroes, villanos y un pueblo; ideales y equivocaciones; gestas y fracasos; descubrimientos y pérdidas; momentos tristes y momentos alegres vividos entre todos.

Enfilaron el Paseo de Gracia y la alegría se dibujó generosa en sus rostros. La Diagonal seguía abarrotada, pero aquella nueva calle no le iba a la zaga. El destino era Plaza Urquinaona. Sin embargo, en Plaza Cataluña se dieron cuenta de que no podrían avanzar mucho más: miles de personas lo colapsaban todo.

-Dicen que Urquinaona está llena. Plaza Cataluña también, y Gracia, la Diagonal, Pau Claris, Via Laietana...

En el cielo dos helicópteros policiales sobrevolaban la ingente multitud.

Fueron pasando las horas de color y entusiasmo. Después, cuando algunas personas empezaron a marcharse, el grupo aprovechó para acercarse a otras calles por las que también había discurrido la manifestación y que, sin aglomeración, podían recorrerse. Fue algo digno de ser vivido: miles de personas, miles de banderas, pancartas con todo tipo de mensajes: “Mejor todos juntos”, “Junts fem força”, Catalunya=Espanya”, “Basta ya”, etc. Comprobaron que todo se vivía en un ambiente distendido, jovial.

Hacia las tres de la tarde, se retiraron. Aún quedaba un gentío por Via Laietana. El ambiente se palpaba por las Ramblas y en el Metro.

-Por fin un día en el que he podido sacar mi bandera sin miedo de que me insulten –apuntó Teresa con un deje algo amargo.

- Sí; ha sido un gran día. Hasta nos ha acompañado el sol –sentenció Xavi mirando el cielo-. Hemos vivido una jornada histórica, dorada. Eso es: ha sido un domingo dorado.

-Suena bien: “El domingo dorado”.

La señora Aurelia salió de nuevo al balcón. Se había diluido aquella riada humana.

-Qué bien –musitó, contenta por lo que había tenido ocasión de ver.

Y cerrando la puerta acristalada que daba al balcón, se internó en su hogar.


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