lunes, 16 septiembre 2019
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El evangelio de las mujeres

Son muchas cosas las que indican que podemos estar ante una nueva manifestación de ‘Espíritu de la Historia’

15 jul 2018 / 19:59 h - Actualizado: 15 jul 2018 / 20:54 h.
  • Imagen promocional de la obra ‘A grito pelao’.
    Imagen promocional de la obra ‘A grito pelao’.

En determinados momentos la Historia –y me refiero a la Historia– de la Humanidad ha tomado carrerilla, o se ha cargado de hondura, o ha adquirido mayor densidad. Esto es lo que, desde finales del XVIII, intentaron expresar diversos autores, empezando por Hegel con ideas que ya antes habían esbozado Spinoza, Kant... Para Hegel esa velocidad, hondura o densidad aparecía con valores nuevos en cada uno de los hitos históricos en los que hacía su aparición el Weltgeist, el Espíritu del mundo.

Se puede estar más o menos de acuerdo con la teoría pero no se puede dejar de ver que podría llamarse así a los grandes momentos transformadores, al que, a finales del XVIII, trajo la Revolución Francesa y abrió paso el concepto de fraternidad universal; al que, en el XIX. Hizo que el proletariado industrial marcara las pautas con las que se escribía el porvenir como luego lo harían también el anticolonialismo, los movimientos antisegregacionistas... Ninguno de ellos pudo considerarse una corriente que afectaba tan sólo a un sector sino un torrente que, siendo impulsado por una parte de los seres humanos, abría horizontes nuevos para todos. Por eso fueron, precisamente, hitos civilizatorios.

Son muchas cosas las que parecen indicar que ahora podemos estar ante una nueva manifestación de Espíritu de la Historia del que hablaba el filósofo alemán que abanderarían las mujeres; sería el momento de la mujer/mujeres una y universal. No ésta o a aquella, no la pobre o la rica sino ésa, la universal, que es la mitad de un mundo que ya no podrá seguir adelante si no es es llevado por todas y a cuya estela tendrían que sumarse los hombres que comprendan el proceso.

La mujer-las mujeres, como el esclavo-los esclavos, el proletario-proletariado o el negro-los negros está siendo ahora el elemento ideal de transformación de esta Tierra en la que otros ya tuvieron su momento y ello, para realizarse, tendrá que echar mano a distintos instrumentos de los que habrá de servirse para recorrer el ciclo histórico.

Y ahí es donde entra el flamenco que también participa –en algún modo– de la naturaleza dialéctica del pensamiento hegueliano y ha ido cambiando desde su aparición a finales del siglo XVIII.

Nacido como elemento antiilustrado en medio de la Ilustración, pasó después a constituirse en arqueología nacional para demostrar la existencia de una Edad media distinta (eso es lo que, para Estébanez Calderón era el romance cantado por el Planeta en sus Escenas Andaluzas. Más tarde se convertiría en rasgo oriental susceptible de ser exhibido ante los extranjeros que venían aquí o paseaban por entre los pabellones de las exposiciones internacionales. En el momento más bajo de la decadencia nacional fue víctima propiciatoria sobre la que los regeneracionistas tiraron las piedras de la lapidación pero, tras dos décadas, el flamenco se vestiría la túnica de las musas e inspiraría obras sublimes a los literatos y artistas sureños que delinearon nuestra Edad de Plata. Sería secuestrado por una dictadura que lo exhibiría como demostración de que España era diferente y, a pesar de ella, escaparía otra vez libre para transformarse en rasgo identitario de Andalucía y en patrimonio inmaterial de la humanidad.

El flamenco y lo flamenco –igual que esta tierra y como el mundo– han sido muchas cosas desde que irrumpieron como fenómenos social y artístico.

Estas dos líneas de reflexión me brotaban la otra noche mientras veía la obra A grito pelao de la bailaora Rocío Molina, Silvia Pérez Cruz y Lola Cruz, la madre de aquella. La pieza, con una gran carga de teatro ritual –de ese teatro ritual flamenco y andaluz que apareció más o menos hace 50 años– puede vérsela –faltaría más– tan sólo como un espectáculo (y no soy yo quien ha de escribirle la correspondiente crítica teatral o dancística) pero también puede ser mirado desde otra perspectiva porque a lo mejor se trata de algo con muchísima mayor trascendencia, de algo que podría ser calificado como heraldo de ese Espíritu descubierto por el Idealismo alemán que ahora mismo está a punto de anidar de nuevo en el mundo. Y me explico:

Lo que ese triángulo femenino estrenaba la otra noche, formalmente, desciende directamente de las obras lorquianas y, por tanto, de lo flamenco en su sentido más trascendente. Pero mientras en La Casa de Bernarda Alba, Yerma o Bodas de Sangre la acción estaba impregnada de un fatalismo similar al de Esquilo, aquí una Rocío Molina embarazada enuncia un mensaje que –paradójicamente– se ha desembarazado de cualquier condicionante y brota libre. Es un evangelio vivo –vivo en el mejor sentido de la palabra vivo– y personal que ofrece al mismo tiempo la doctrina de otra libertad, la de las mujeres, llamada a abrirse paso socialmente y a la mesías que ha de personalizarla simbólica y ritualmente, la hija que ahora mismo está formándose en su vientre.

Los dramas de Federico, como todas las obras teatrales clásicas, estaban construidas para repetirse indefinidamente; ésta se mueve a plazo fijo, dispuesta a dejar de ser, en el momento del alumbramiento, sólo un espejo y encarnarse: ser, al principio, Palabra y Carne, al final. Alfa y Omega. Todos los evangelios de la Historia, y el Weltgeist de cada uno de sus momentos usaron un lenguaje. El lenguaje flamenco ha intervenido en esta aparición.

Cuando al principio del fin de la obra Rocío Molina se desnuda para bañarse, lo hace en el agua lustral de todas las Pascuas y ese baño no es sino el bautizo ritual de un ser encarna una nueva era.


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