miércoles, 24 mayo 2017
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, última actualización

El mensaje de un malnacido

26 mar 2017 / 23:00 h - Actualizado: 26 mar 2017 / 23:00 h.

Desde que el mundo es un pañuelo que ha perdido el encanto de la distancia, un atentado en otro país nos asusta tanto como las amenazas cercanas, especialmente aquellas que son crueles e impredecibles. Sin embargo, nada alienta el miedo como los nuevos sistemas de comunicación, en los que un mensaje a cuyo remitente no ponemos nombre despierta un pánico contagioso, irracional como solo puede ser el pánico, castrante de la libertad como solo puede ser el pánico.

El problema nace en el malnacido que se arroga la voz de la policía, para difundir una severa advertencia sobre el riesgo que corremos los ciudadanos en los lugares de aglomeración (un gran almacén, un supermercado, un cine, una discoteca, una plaza, una gran avenida...), como si en cada rincón burbujeara un asesino suicida. Mejor quedarse en casa, con la puerta cerrada con siete llaves, amordazados y maniatados, a la espera de que otro malnacido nos avise a través de un mensaje sin nombre de que podemos seguir siendo libres.

Las autopistas de la información no conocen sutilezas. Cuelan el mosquito y el camello, hasta atragantar a los pusilánimes con aquello de «que viene el lobo», mientras el redactor de la canallada se parte de la risa.

Nos queda la asignatura pendiente de aprender, de una vez por todas, a usar el Whastapp, los grupos de Whatsapp y la madre que parió al inventor del Whatsapp, que nos rompe la atención en lo importante, levantando la liebre de la urgencia cada dos por tres. De hecho, hay quien se asoma a la pantalla más de doscientas veces al día, como si la advertencia de que nos ha entrado un mensaje fuera más importante que respirar. Por eso no me extraña el triunfo de los cabritos que mueven la intranquilidad de todo un país. ~


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