jueves, 16 noviembre 2017
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El niño muerto

19 jun 2017 / 19:09 h - Actualizado: 19 jun 2017 / 19:09 h.

Si nació con kilo y medio, y pasó dos meses en la incubadora del hospital antes de ser entregado a sus verdugos, no quiero pensar cuánto pesaría en su última hora ese bebé al que ni siquiera la vida –la naturaleza, tan bravía como cruel– le ha dado una oportunidad. Ha muerto con siete meses entre la indiferencia del mundo, que sigue girando con el peso de peores tragedias aún... Lo que pasa es que esta nos ha tocado de cerca la vergüenza colectiva. Ingresó hace unos días en el hospital Macarena de Sevilla con los huesecitos del cráneo partidos, los ojos reventados por el zarandeo bestial de quienes deberían pasar el resto de sus vidas simplemente llorando, y sin embargo...

Seguramente no ha pensado nada. Porque un bebé puede sufrir, pero no pensar en sentido estricto. Menos mal. Porque ningún golpe puede ser tan doloroso como la consciencia de que ni siquiera te hayan brindado el tiempo suficiente para que alguien te quiera un poco. Puede que el personal sanitario empezase a amarlo, pero el niño se murió la víspera del Corpus, con su cuerpecito magullado, incapaz de incorporarse al laberinto de la vida por el que los demás seguimos desde entonces; por donde circulábamos ya en el instante en que lo maltrataban, cuando perdían la paciencia con él, tan recién llegado, en su mudez exquisita de criatura cuya inútil llantina era insuficiente para reclamar el amparo que solo en su agonía de traslúcida carne rosa se empezaba a tramitar. Ya para nada.

Con siete meses se bautizaron mis niños, con la misma edad con que Miguel Hernández le escribió al suyo su Nana de la cebolla... En siete meses cabe una vida y un infierno. También debería sobrar tiempo para que a la administración le crecieran ojos y corazones de veras, de esos que germinan con la inversión que le sobra a la corrupción, por ejemplo; los mismos que no ven a quienes ansían adoptar niños con el alma en la mano. A nosotros, desde luego, nos ha dado tiempo de morir un poco más, prematuramente.


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