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La memoria del olvido

El parto del flamenco

En Cádiz se abría paso lo nuevo y en Sevilla lo viejo se trasvasaba a otros odres. Nacía el flamenco, mestizo como todo lo renovador

05 ago 2018 / 22:15 h - Actualizado: 06 ago 2018 / 10:02 h.
  • El parto del flamenco

Cádiz era una ciudad antiquísima; probablemente la más antigua de la Península Ibérica y había tenido importancia en tiempos de Roma pero, cuando los castellanos entraron en Sevilla a mediados del siglo XIII no era más que un pequeño enclave que apenas si se había hecho notar a lo largo de los siglos de Al Ándalus.

Con los Reyes Católicos comenzó a crecer muy lentamente, sufrió el asalto y la ocupación de un ejército inglés cuando terminaba el XVI pero, un siglo después, se había convertido en un emporio mientras Sevilla, otrora capital estratégica y corazón del imperio español pasaba por sus momentos más bajos. La ciudad multicultural que dibujaran los volúmenes de su Historia escritos por Peraza, Morgado, Ortiz de Zúñiga y otros se la habían llevado al alimón la peste, los cada vez mayores tonelajes de los barcos que les impedía remontar el río y todos cuantos en España y en el extranjero estaban contra el monopolio de la Casa de Contratación.

El desmedido caserío extendido alrededor de la Giralda era el de una urbe empobrecida y, al mismo tiempo, sumida en un misticismo miedoso, sin teatros pero llena de ceremoniales llevados a cabo por frailes de todas las órdenes disputándose unas pocas limosnas. La triunfante en ánimo y grandeza había perdido el uno, la otra y el deseo de reconquistarlos. Tampoco nadie tenía deseos de conquistarla a ella misma. Los viajeros que bajaban desde la Corte o desde provincias norteñas lo hacían para dirigirse a Cádiz a la que llegaban desviándose en Carmona.

Esta ciudad, por el contrario, bullía de actividad comercial llevada adelante por personas llegadas desde todos los puntos de Europa y, principalmente, de Inglaterra, Francia, Italia... A pesar de la prohibición, dentro de los muros de la Puerta de Tierra y la Puerta del Mar estaban abiertos los teatros y aunque se persiguiera denodadamente el protestantismo, según Domínguez Ortiz, había cerca de un centenar de familias de esta fe asentadas en su interior. Cádiz no sólo era distinta de la urbe sevillana sino de la mayoría de las demás ciudades españolas y, además, había asumido las relaciones con los puertos americanos.

Mientras, en Sevilla, los antiguos palacios dejaban de ser moradas de unos dueños que habían vuelto a ser nobleza rural y se convertían en casas de vecinos divididas y vueltas a dividir para que allí se hacinaran cientos de familias llegadas de pueblos sin horizontes, en la ciudad de la bahía apellidos de grandes comerciantes levantaban las altas mansiones que aun vemos en las calles y plazas de su centro histórico.

No florecieron allí las solemnes festividades del Siglo de Oro pero se abrieron muchas «casas de rumbo», donde se celebraban con sones y danzas los tratos y contratos sobre toda clase de mercaderías destinadas a cruzar en ambas direcciones el océano.

Esas músicas y bailes eran ejecutados mayormente por esclavos negros que abundaban en la ciudad tras haber sido traídos de América no para dedicarlos a trabajos rudos o pesados sino, precisamente, para realizar estos cometidos o los de servir en las grandes casas. Por los padrones de la época sabemos que fueron propiedad de escribanos, hombres de negocios, barberos, taberneros, marinos, clérigos...

En los testimonios históricos y literarios que de aquella época nos han llegado vemos que, tanto en Sevilla como en las haciendas y cortijos, aun perduraban muchos de los usos y costumbres de tiempos anteriores. Sin embargo, en las calles gaditanas se percibían otras cosas: dos mundos muy distintos cuyos colores inundaban las obras musicales y de teatro. Los gaditanos y las gaditanas se repartían entre los dos bandos que, en el lenguaje de entonces, se denominaban el de los petimetres (del francés petit mettre, pequeño maestro) y el de los majos. De ambos tipos nos han quedado también abundantes muestras en la pintura.

Pero tenemos, además, otros testimonios que no hubieran llegado a nosotros si Cádiz, como Sevilla, hubiera estado sin teatros: son los que aparecen en los sainetes con los que Juan Ignacio González del Castillo (aunque creyera ser un autor de tragedias neoclásicas) intentaba ganarse la vida junto con la tarea enseñar la lengua castellana a Juan Nicolás Böhl de Faber, cónsul de Prusia, apoderado de las bodegas Duff-Gordon, marido de la escritora Frasquita Larrea y padre de una niña llamada Cecilia que acabaría siendo llamada Fernán Caballero.

En las pequeñas piezas teatrales de nuestro autor encontramos el abigarrado mundo popular gaditano junto a constantes juicios de sus personajes sobre Sevilla a la que consideran atrasada y llena de personajes atrabiliarios a los que algunos de la misma Cádiz imitaban intentando aprender el caló y empeñados en seguir vistiendo las prendas de siglos anteriores y en parecerse a los que, hasta el edicto de Carlos III, habían sido perseguidos: los gitanos.

Se disfrazaban, en definitiva, del tipo que describían Jovellanos en su poema a Arnesto: «¿Ves, Arnesto, aquel majo en siete varas/ de pardemonte envuelto, con patillas/... por los confines del jubón perdidos/ no lo gritan la faja, el guadiñejo...» y también Leandro Fernández de Moratín en las páginas donde narra su viaje a Andalucía.

Sevilla se había quedado anclada en el romance de las fiestas cortijeras descritas por Blanco White y en la zarabanda, anunciada en las ventas pero algunas familias de alto copete, acosadas por el hastío, llevaban gitanas a sus casas para que, tras el permiso correspondiente, bailaran danzas como el manguindoy que, hasta poco antes, habían sido patrimonio de los negros. En Cádiz se abría paso lo nuevo y en Sevilla lo viejo se trasvasaba a otros odres.

Nacía el flamenco. Mestizo como todo cuanto ha servido para renovar el mundo.


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