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Desvariando

El regreso de don Antonio Chacón

La edición de la obra de Carlos Martín Ballester es la que necesitaba Chacón para que de una vez por todas se sepa qué clase de cantaor fue y cuánto hizo por el flamenco, que ni mucho menos le ha agradecido su labor

20 ene 2017 / 13:38 h - Actualizado: 20 ene 2017 / 13:41 h.

Hoy se cumplen ochenta y seis años de la muerte de Antonio Chacón García, al que la historia del cante flamenco registra como don Antonio Chacón, con el don que le puso el pueblo, sin duda porque fue un señor del cante. Aunque nació en Jerez, en la calle Sol, en 1869, se hizo figura del cante en Sevilla, adonde llegó por primera vez en 1885. Según declaró él mismo, el año en el que mataron a El Canario, el cantaor de Álora que fue asesinado por el padre de la Rubia de Málaga, el catalán Lorenzo Colomer Ricard, la noche del 13 de agosto de aquel año, a las puertas de La Nevería de El Chino, local que el Café de El Burrero solía utilizar en verano y que estuvo en el Paseo Colón esquina al puente de Triana, donde hoy está el monumento a Antonio Mairena.

Cuando Chacón regresó a Sevilla para afincarse definitivamente en esta ciudad, en 1887, después de su gira con los hermanos Molina, el guitarrista Javier y el bailaor Antonio, también jerezanos, era solo un proyecto de cantaor, aunque ya venía avalado por algunos triunfos en pueblos de Huelva como Isla Cristina y protegido por Salvaorillo de Jerez, el cazatalentos de Silverio, con quien intimó en Huelva. Sevilla era entonces la Meca del Flamenco, con tres cafés cantantes que hicieron historia, los de Manuel Ojeda El Burrero, que todavía estaba en la calle Tarifa; el de Silverio, que estuvo en la calle Rosario; y El Filarmónico, en la calle Amor de Dios y dirigido algún tiempo por Juan de Dios Domínguez Jiménez, hijo de Juan de Dios Domínguez Cadenas El Isleño, el cantaor y torero de San Fernando. De hecho, este local era conocido en Sevilla como el Café de Juan de Dios.

Hubo otros muchos cafés cantantes, pero estos tres eran los más importantes de la ciudad y donde actuaban las principales figuras del género, que era lo que buscaba el joven Chacón, contactar con los más grandes del cante y hacerse un hueco. Y, sobre todo, estar cerca de Silverio Franconetti, la figura del cante de la época, quien enterado de los líos que el joven gaché de Jerez estaba formando por todas partes, enseguida luchó para traerlo a su café. Tuvo que litigar para ello con el también cantaor jerezano Juan Junquera, quien tuvo a Chacón algún tiempo en su café cantante de Utrera. El mismo Chacón declaró que vino para unas semanas y que estuvo ocho meses en el Café de Silverio, porque el maestro sevillano amañó el contrato para asegurar su presencia en Sevilla.

En 1888, el cantaor aparecía ya empadronado en la calle Correduría, en compañía de su padre y de su madre. Constaba como zapatero, al igual que su padre, aunque ya cantaba profesionalmente. Más adelante, domiciliado en la Plaza de la Encarnación y en otras calles céntricas de Sevilla, aparecía ya como cantante o cantador, algo raro en aquella época, en la que los artistas flamencos solían constar en el padrón como carniceros, alfareros, herreros o jornaleros. Y las artistas, ‘sus labores’. Ya en aquellos años, Chacón se había convertido en el cantaor de Sevilla, sobre todo a raíz de la muerte de Silverio, ocurrida en 1889, cuando el nuevo astro tenía solo 20 años.

Destacaba el joven valor por sus grandes cualidades para el cante, pero además, por su enorme afición. Un hijo de Manuel Cagancho, Antonio, confesó en un diario sevillano que Chacón se iba a Triana en compañía del torero Fuentes y del guitarrista Miguel Borrull para escuchar en la intimidad al gitano herrero, a su padre, Tío Antonio Cagancho, y, sobre todo, al martinetero Juan Pelao. También buscaba a Ramón el Ollero, una especie de catedrático del cante sevillano, con quien luego cantaría en el Café de Silverio. Y a La Serneta, paisana suya aunque afincada en Triana durante algún tiempo, a la que llamaban la Reina de la Soleá, cuyos cantes grabó Chacón. O sea, que si el cantaor jerezano llegó a convertirse pronto en la primera figura del cante de aquellos años no fue solo por sus enormes condiciones musicales, sino por su gran afición, capacidad de estudio y creatividad.

A pesar de la importancia de Sevilla en la carrera de Chacón, la capital andaluza no ha hecho nunca nada por reconocer al artista jerezano. Hace unos años presenté al Instituto Andaluz del Flamenco un proyecto junto a la empresa sevillana Fonotrón para reeditar toda su obra discográfica conocida y el proyecto se quedó olvidado en un cajón. Ni caso, aun siendo Fonotrón una empresa sevillana pionera en la remasterización de la discografía de pizarra y cilindros de cera, de los que Chacón grabó muchos, aunque solo se hayan podido localizar dos o tres. El proyecto no solo consistía en reeditar sus discos, sino en escribir una biografía definitiva del artista, con una importante documentación inédita sobre los años que vivió en Sevilla y su relación en general con esta ciudad.

Como el proyecto se olvidó, un gran estudioso almeriense afincado en Madrid, Carlos Martín Ballester, uno de los grandes coleccionistas de discos de pizarra del mundo, lo recuperó y al final ha sido él quien ha hecho la obra, un libro de casi trescientas páginas escrito por grandes especialistas, más tres cedés con cincuenta y siete cantes del maestro, tres de ellos desconocidos hasta ahora. Lo que la Junta de Andalucía no fue capaz de hacer lo han hecho en Madrid, ciudad donde Chacón vivió casi la mitad de su vida, llegando a ser durante décadas el cantaor de flamenco más prestigioso y adorado por los grandes aficionados, músicos, pintores, poetas y escritores. Y por el pueblo, que el día de su muerte, el 21 de enero de 1929, se echó a la calle para mostrar su dolor y despedir con todos los honores al que ha sido sin lugar a duda uno de los mejores cantaores de la historia del flamenco.

En la edición de la magna obra han colaborado el Instituto Andaluz del Flamenco y la Diputación Provincial de Sevilla, aunque es una iniciativa privada, en concreto de Carlos Martín Ballester. Por lo que sé, es una obra magnífica, la que necesitaba Chacón para que de una vez por todas se sepa qué clase de cantaor fue y cuánto hizo por un arte, el flamenco, que ni mucho menos le ha agradecido su labor. Ni siquiera Sevilla, donde nada hay que lo recuerde, cuando fue aquí donde se convirtió en figura y dejó la esencia del genio que fue.


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