viernes, 21 septiembre 2018
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El tamaño de las cosas

06 ago 2018 / 17:55 h - Actualizado: 06 ago 2018 / 17:55 h.

Debemos de haber crecido muchísimo. Me refiero a físicamente, porque ya se sabe que crecer con el corazón es harina de otro costal. Hemos debido de haber dado un salto evolutivo considerable hasta no caber donde antes lo hacíamos, y no creo que toda la culpa sea de los yogures. En un Seiscientos íbamos a la playa media docena de primos. Y llegábamos. La vecindad se bañaba en un caldero de zinc colocado en el centro de mi patio. La generación de mis padres nadaba en las acequias. Todo gratis, claro. Ahora volvemos sobre aquella arqueología de la nostalgia y nos sentimos como elefantes en una cristalería. Gigantones manazas, torpes, inflexibles, inadaptados. Con una bicicleta iban, volvían y ganaban un jornal o dos. Ahora se habilita un cuarto de la casa para hacer ejercicio con la estática.

Pero tampoco vayamos contra la física y la lógica. La Tierra sería igual entonces, quién lo niega. Aunque el mundo, el nuestro, era mucho más grande. Medía más, había más metros, digan ahora lo que digan las evidencias. Uno vuelve a la calle de su abuela, donde jugaba en una de las aceras con la advertencia materna de no cruzar jamás a la de enfrente, y recuerda aquella otra acera mucho más lejos, más o menos como la orilla opuesta de un río por el que navegaban coches más lentos, bicicletas con angarillas, Pedrote con su armónica, el sillero atravesando con su pregón el espejismo de la siesta... En aquella otra acera podía haber incluso niños de otro bando, malencarados, amenazantes, a los que no se les reconocían las facciones porque estaban demasiado lejos...

Uno entra en el salón de su abuela o en el de su madre y es extraño que ahora, tantos años después, alcancemos a todas partes extendiendo simplemente la mano. Se ve que el tiempo lo termina encogiendo todo. Y que el tamaño de las cosas solo se mide con el corazón.


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