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Alguien tenía que decirlo

El Tartiere te espera

31 mar 2017 / 21:16 h - Actualizado: 31 mar 2017 / 21:25 h.
  • Monchi, emocionado en su despedida. / M. Gómez
    Monchi, emocionado en su despedida. / M. Gómez

Pues no. Monchi no se fue llorando a lágrima viva. Tan sentimental como ha demostrado ser en sus más de 20 años seguidos en Nervión, Ramón Rodríguez Verdejo, Monchi, dijo adiós, siempre «hasta luego» en el idioma del sevillismo, con la cabeza alta y los ojos brillantes, pero sin rebosar. La sensación que deja el de San Fernando es que ya le queda un día menos para volver al Sevilla. Y es que sin haberse terminado de despedir todavía, aún flota en el ambiente esa duda que nos hace pensar a todos: «Este no se va». Pero se va. Se abre de nuevo la puerta de la incertidumbre en el Sevilla, curado ya de espanto tras el adiós de Caparrós en 2005, la dolorosa muerte en acto de servicio de Puerta y la espantá de Juande en 2007, el paréntesis oscuro entre 2011 y 2013, el encarcelamiento de José María del Nido en 2014 y las decenas de despedidas bañadas en lágrimas de jugadores que grabaron su nombre en las paredes del Sánchez-Pizjuán desde 2001 hasta el verano pasado. Este gran Sevilla del siglo XXI resistió todas esas embestidas y cabe preguntarse qué otro club que no sea un mastodonte podría haberlo aguantado. Si hace algo más de un año el que suscribe hablaba del director deportivo sevillista como uno de los pocos one club men, sus palabras de ayer me reafirman: Monchi, a lo Trajano, se irá a la gran Roma, pero es imposible que deje Sevilla. No puede. No se puede.

Monchi se va y el Sevilla no puede más que lamentarse. Pero el Sevilla sigue su curso y el legado del de San Fernando va más allá que los títulos, aunque sean estos lo principal, sin duda. Monchi deja un sistema, una fórmula. La utilizada por un exportero sin experiencia en los despachos y que creó de la nada una dirección deportiva que es objeto de estudio por parte de muchos clubes en todo el mundo. Ahí está la llave del éxito, y esa permanece en las entrañas de Nervión, por mucho que Monchi cambie la Giralda por el Coliseo. El legado de Monchi no son lágrimas en su despedida. Lo que deja el de San Fernando son miles de lágrimas de emoción entre sus compañeros de fe, la sevillista: desde el llanto contenido tras regresar a la Primera División con su primer proyecto a coste casi cero en 2001, al abrazo de casi tres generaciones que conmovió al mundo en Eindhoven en 2006; desde el 1-3 con un jugador menos en el Villamarín en 2000 hasta el reciente 1-2 endosado al Betis en el último derbi de Monchi; desde el duro adiós a José Antonio Reyes en 2004 hasta la venta de Gameiro el verano pasado; pero sobre todo, del llanto incrédulo y desconsolado en el Carlos Tartiere de Oviedo a la impotencia hecha lágrimas en un autobús de Leicester. De 1997 a 2017. De la Segunda División a la Champions League. De portero a director deportivo. De Monchi a Monchi. Sin el Tartiere es imposible entender Eindhoven. Porque sin lágrimas no hay vida. Sin lágrimas no hay fútbol, permítanme la redundancia.


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