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El universitario independiente

06 jun 2017 / 11:56 h - Actualizado: 06 jun 2017 / 11:59 h.
  • El universitario independiente

Por Francisco Javier Merino, ganador de la X edición de Excelencia literaria

Mi primer año universitario está a punto de acabar, y lo que antes era una opción —irme un curso con una beca Erasmus—, se ha convertido, al igual que en el caso de la mayoría de mis compañeros, en un deseo ferviente. Los motivos son muchos: quiero conocer otro país, adaptarme a una nueva cultura, romper la rutina... Pero hay uno especial que se resume en tres palabras: quiero ser independiente.

En mi debut universitario he hecho muchos amigos que, con motivo de su traslado de una ciudad de provincias a Madrid, se han visto obligados a cambiar su hogar familiar por pisos compartidos con otros estudiantes, lo que les ha obligado a vivir una independencia de la que —no me avergüenza reconocerlo— siento una sana envidia. No quiero que se me malinterprete: quiero mucho a mis padres y vivir con ellos tiene muchas ventajas. Sin embargo, conforme los jóvenes vamos madurando (hablo desde mi experiencia y la de otras personas de mi edad que tengo cerca), la convivencia empieza a no ser tan fácil. Los padres nos exigen una constante obediencia, natural, mientras sus hijos anhelamos mayor libertad. Sujeción e independencia son términos compatibles, pero que al final casi siempre acaban tropezando el uno con el otro.

A medida que pasa el tiempo, la gente de mi edad tenemos roces con nuestros padres por lo que consideramos un exceso de control por su parte, y ellos consideran una pérdida absoluta de control. En los estudios, por ejemplo, ellos pretenden fijarnos un horario, mientras nosotros consideramos que tenemos madurez suficiente para organizarnos. A esto se suman las horas de «toque de queda», las decisiones vinculadas con la carrera... Ellos suelen recurrir al valor de su experiencia, pero matizando tópico, que esta adquiera un rango no es un argumento definitivo para dotarles de razón ni de una ventaja que nos asegure el éxito. Todos, padres e hijos, acertamos y nos equivocamos.

Por supuesto que los hijos tenemos que ser obedientes, no por obligación, sino por respeto a quienes nos lo han dado todo. Sin embargo, la obediencia debería enfocarse en asuntos como las normas de convivencia, el reparto de tareas, la gustosa realización de encargos...

Los padres deberían entender que los universitarios estamos capacitados para tomar nuestras propias decisiones, para cometer errores (y aciertos) por nuestra cuenta y asumir las consecuencias. Queremos ser independientes, que no desobedientes.


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