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El valor de lo que se fue

06 feb 2018 / 17:33 h - Actualizado: 06 feb 2018 / 17:36 h.

Por Teresa Ventimilla Porlán ganadora de la XII edición de Excelencia literaria

Estoy completamente segura de que todos hemos oído aquello de «no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes». Y, como es normal, también lo hemos comprobado. En mi caso, conforme ha ido pasando el tiempo, conforme he ido creciendo, me he dado cuenta que incluso aquello que ya valoramos, cuando lo perdemos, lo valoramos aún más.

El pasado mes de septiembre me tocó crecer de golpe al irme de casa rumbo a la otra punta del país, en donde he comenzado mi carrera universitaria. Me encontré un nuevo lugar donde vivir, nuevos compañeros, nuevas vistas, nuevas clases, nuevos profesores, nuevos hábitos... Realidades que, a simple vista, era obvio que iba a tener que cambiar. Pero hasta que no me fui de mi ciudad, lejos de mi familia, no fui consciente de que mi decisión iba a suponer un cambio de verdad.

Somos muchos los jóvenes que deseamos tanto independizarnos del hogar, que se nos olvida el precio que conlleva. He visto a compañeros pasarlo muy mal, chicos y chicas que arrancaban a llorar porque no se veían capaces de aguantar los años que durarán sus estudios universitarios tan lejos de casa. Eso sí, también me he encontrado con jovenes que lo están disfrutado al máximo, pues les hace muy felices esta experiencia y dicen no extrañar lo que han dejado atrás, al menos por un tiempo.

Después de cinco meses he llegado a la conclusión de que, a pesar de que valoro todo lo que tenía y de que soy consciente de mi fortuna, nunca pensé que extrañaría determinados lugares de mi infancia y adolescencia, gente con las que nunca entablé una relación de intimidad, aromas de mis rincones favoritos y las canciones que asocio a personas que ahora no tengo a mi lado. Me he dado cuenta de que aunque valoraba las cosas, nunca fue suficiente.

Me pregunto cuántas veces hemos convertido en rutina lo que deberíamos considerar un guiño de la suerte; hasta dónde llega nuestra capacidad de adaptación al reto de vivir situaciones únicas. Perder lo que amamos, aquello que disfrutamos amenudo, nos sirve para ser más objetivos, pues los sentimientos salen a luz, mostrándonos que nunca lo valoramos suficientemente.


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