lunes, 27 marzo 2017
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Desvariando

En el nombre del padre

Alguna vez he soñado que mi padre cantaba en una reunión en la que estaba junto a él escuchándolo embobado, y me gustó su voz de pueblo, de campo, natural y sincera

17 mar 2017 / 23:54 h - Actualizado: 17 mar 2017 / 23:54 h.

Mañana es el Día del Padre. Alguna vez he escrito sobre el mío y sabrán que no llegué a conocerlo porque murió cuando tenía solo 2 años. Él tenía 33 y, según mi madre y mis tíos, era un apasionado del cante jondo, y cantaba. No muy bien, al parecer, pero eso es lo de menos: lo importante es que le gustaba y que a veces alternaba en bodas, bautizos y reuniones de amigos en tabernas y bares de Arahal. Curiosamente, le maravillaban Manolo Caracol y Juanito Valderrama, bastante distintos uno del otro, y a mí me vuelven loco también estos dos genios del cante flamenco, porque me gusta la variedad.

¿Se hereda la sensibilidad por la música? No tengo dudas al respecto, lo mismo que se heredan características físicas o de condición. Por ejemplo, ando con los pies muy abiertos, como caminaba él, y en otras muchas cosas salí a mi madre, quien también cantaba y lo hacía muy bonito, con la voz clara y rizada como un tirabuzón, aunque cantaba poco porque tenía siempre muchas cosas que hacer y poco ánimo para templarse por fandangos o milongas, sus dos palos preferidos. Quiero pensar, pues, que heredé la sensibilidad de los dos y que por eso me gustó el cante antes que cualquier otra cosa, a pesar de haberme criado en un pueblo, Palomares del Río, que no es precisamente de los llamados flamencos.

¿Cómo cantaría mi padre? Ni idea. Según uno de sus hermanos, el Chacho Antonio, un loco de Vallejo, cantaba sin duende, aunque bien. O sea, como canto yo. La voz flamenca de pellizco es un don, por eso hay varios tipos de cantaores: los que tienen el don, los que no lo tienen, aquellos que aprenden a cantar por afición y los que lo interpretan con la facilidad con la que hablan o andan. Alguna vez he soñado que mi padre cantaba en una reunión en la que estaba junto a él escuchándolo embobado, y me gustó su voz de pueblo, de campo, natural y sincera. Cada vez que he presentado uno de mis libros o he recibido algún premio, siempre me preguntaba: «¿Me estará viendo mi padre desde donde esté?»

Era jornalero del campo, como todos mis antepasados tanto por parte materna como paterna. Rebelde, según me han contado. Dicen que una noche en la que intentaba dormir en el suelo del barracón de un cortijo cercano a Morón de la Frontera, protestó ante el señorito por las condiciones en las que vivían allí los labriegos. El latifundista le dijo: «Bohórquez, mañana temprano te vas para Arahal, que estás despedido». Mi padre se levantó rabioso, agarró por uno de los picos la manta en la que dormía, y le contestó: «Mañana no, ahora mismo». Y se fue andando hasta Arahal arrastrando la manta, como protesta. El día que un amigo suyo de Arahal me contó esta anécdota me sentí orgulloso de él, de llevar su sangre y de parecerme en lo de andar con los pies muy abiertos.

Sin haberlo conocido, siempre lo he echado mucho de menos y ha sido una referencia para mí. Cuando me dicen que escribo mal o bien, pero con alma, es seguramente por él y por mi madre, porque me gustó siempre saber sobre ellos, cómo eran y sentían las cosas de la vida, del pueblo, del campo. Mi padre murió de leucemia, una enfermedad terrible en aquella época, sobre todo si eras pobre. Falleció en 1960, días antes que el cantaor Manuel Vallejo, con quien estuvo ingresado en el mismo hospital de Sevilla, el Central, cuyo edificio ocupa hoy el Gobierno andaluz. Un médico le dijo a mi madre que se lo llevara para Arahal, que no tenían más sangre para él. Lo metió en un taxi y murió entrando en el pueblo, amaneciendo un caluroso día de julio. No le dio tiempo de acabar sus días en una cama, la suya. No me digan que la estampa no tuvo que ser una desgarradora seguiriya de la época.

Una noche, pensando en aquello, escribí esta copla imaginando a mi madre enlutada y delgada como un chiflido:

Infancia de velos negros,

cómo me dolían a mí

los dolores de aquel velo.

Los sabios del cante gitano dicen que los de esta etnia cantan con alma y fatigas porque son un pueblo perseguido que ha sufrido mucho, de ahí esas voces lastimeras y el dolor con el que interpretan las seguiriyas o las tonás. Manolito el de María, el gran cantaor gitano de Alcalá de Guadaíra, dijo una vez que cantaba porque se acordaba de lo que había vivido. Habitó en una cueva del castillo árabe de esta localidad y murió pobre y atado a la cama de un hospital, casi rabiando como un perro. No cantó bien por eso, sino porque tuvo el don del cante y de la emoción, aunque un gran músico francés, de los más grandes de la música contemporánea, Pierre Boulez, dijera que la música no está para expresar sentimientos, sino para expresar música.

Perdonen que haya escrito hoy en el nombre del padre. Del mío, al que espero encontrarme algún día en alguna parte para poder decirle que pienso en él cada vez que alguien me parte el aliento cantando, sin saber cómo cantaba él, sin pena o con pena, con emoción o sin ella. No sería porque no había tenido una vida dura, huérfano de padre y madre a corta edad, cuidador de cochinos en el campo cuando apenas habían endurecido sus huesos, trabajo de sol a sol, lloviendo o a cuarenta grados a la sombra, para acabar sus días con cáncer en la sangre y pensando en qué sería de su mujer y sus niños en aquella Andalucía de señoritos que pagaban el trabajo con hambre.

Se llamaba José Bohórquez Ponce, Pepe el Sereno, y quiero pensar que se llevaría alguna terrible seguiriya a la tumba. Mañana es su día por partida doble: por padre y por José. Felicidades. ~


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