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Desvariando

En tres versos bien escritos

Un desahogo es un desahogo, lo sé, y nada mejor que una taberna para echar fuera el veneno, aunque el asunto exigiría quizá un mayor compromiso

10 mar 2017 / 23:13 h - Actualizado: 10 mar 2017 / 23:13 h.

Cuando se escriben cuarenta artículos al mes y un día no sabes de qué escribir, te pones de mala leche. A ver, voy a enchufar la televisión y a lo mejor viendo algún informativo me suena la flauta, pero no: te envenenas aún más porque la corrupción ocupa todos los espacios de todas las cadenas del país y parte de las de Andorra. ¿Puede un país tirar para adelante no ya con tanta pudrición política, sino con lo que la rodea, el negocio que se ha montado en torno a ella y la frustración de quienes están más que asqueados porque no ven una salida al problema?

Descartada la tele como fuente de ideas, de inspiración, decides irte a un bar del pueblo, que suelen ser una mina o solían serlo cuando en las tascas se hablaba de cosas normales de la vida: los espárragos, las hazañas de los galgos, el cante, el toreo o la familia. Y resulta que media docena de personas que no tienen idea de nada también están hablando de la corrupción, los jueces, los partidos políticos o el fútbol. En definitiva, arreglando el país, que es la afición de moda en España, donde aunque parezca que somos unos paletos, sabemos tela de todo.

Todos tenemos algo que arreglar en casa: la cisterna, un grifo que gotea, la baldosa que se mueve, una persiana que no sube ni baja o el cable del teléfono que mordió el perro. En vez de intentar solucionar eso que a veces nos impide relajarnos, solemos irnos al bar a acordarnos de los muertos de Rajoy o de la madre que parió a Pablo Iglesias. Un desahogo es un desahogo, lo sé, y nada mejor que una taberna para echar fuera el veneno, aunque el asunto exigiría quizá un mayor compromiso. ¿Qué tal si enseñáramos las uñas un poco, en ese tiempo que nos sobra después de irritarnos con el fútbol?

El tema tabernario de ahora es el impuesto de sucesiones, el asunto estrella, que es un abuso incalificable del que el Gobierno central, máximo responsable, porque lo consiente, parece no querer saber nada. Que se pelee cada cual con el Gobierno de su región, que al fin y al cabo, las tres autonomías donde más se paga están gobernadas por el Partido Socialista: Andalucía, Extremadura y Asturias, que son además territorios con altas tasas de paro y pobreza. La de expertos que hay sobre este tema en las tabernas y las redes sociales, es algo que me tiene turulato.

Ayer hablaban en una taberna de Mairena de una tal Clavelina, una asturiana que se ha hecho muy popular porque decidió recoger firmas para que sea eliminado tan salvaje impuesto en aquella tierra. Una especie de Pasionaria de las herencias, vamos, que aprovechando este asunto está denunciando otras cuestiones de importancia. Una mujer del pueblo, campesina y bordadora, que sabe expresarse. Una perita en dulce para marcarse un artículo de opinión si no fuera porque ya la han exprimido en El Cascabel. Esas son las historias que sacan lo mejor de mí, que me conmueven.

Siempre puedo recurrir a mi infancia, a Cuatro Vientos, a mi madre o a mi abuelo Manuel, para salvar el artículo de los sábados. Mi abuelo materno no tuvo problemas con el impuesto de sucesiones, porque ni heredó ni dejó herencia alguna. Bueno, sí, sus herramientas del campo, algunas de ellas heredadas seguramente de su padre y libres de impuestos. Y mi madre nos ha dejado una casita que hicimos entre todos ladrillo a ladrillo en los años setenta y en la que ella se dejó media vida, la espalda y los riñones.

Menos mal que solo fue eso, una casita y no un cortijo, porque manda narices, que nos hubiera dejado una finca y se la tuviéramos que haber donado a los gorriones y a los conejos. Toda la vida soñando con que apareciera un pariente mozo duro con las escrituras de una casa a cambio de que le lavaras el culo y ahora, temiendo que aparezca alguno. Ni se te ocurra dejarme nada, chacho, porque acabaría en una subasta pública en manos de algún especulador con dinero para comprar a bajo precio la sangre robada a los pobres, que eso es en algunos casos el impuesto de sucesiones.

Mientras me dejen y los lectores no se aburran, en esta página de opinión de los sábados seguirán saliendo historias que quepan en una soleá de tres versos o en un sencillo fandango.

En tres versos bien escritos

nos cabe toda una vida

y algo más que lo vivido.

No recuerdo ninguna soleá de tres o cuatro versos en la que aparezca la palabra corrupción, ni en los mejores tiempos de Manuel Gerena y Menese. El Bizco Amate denunciaba a los fiscales podridos con sus fandangos de tabernas y tranvías, y El Carbonerillo, las puñaladas amorosas. Entonces era fácil escribir en los periódicos, solo tenías que salir a la calle y ver los sentimientos entre la gente sencilla del pueblo o te ibas al campo a hablar con un pastor o un cabrero y te contaba mil historias que no se vendían en los kioscos.

Estos días he quedado con un pastor de Mairena para vivir junto a él una jornada completa en el campo y espero que no me hable de la infanta Cristina, los Pujol o el impuesto de sucesiones, sino de qué piensa en la soledad de la vega mientras sus ovejas eligen las mejores hierbas para los más exquisitos quesos. Que me cuente cómo se ve el mundo tumbado debajo de una encina y a qué saben un bocadillo de morcilla y un vaso de mosto alejado de la televisión o de ese otro rebaño al que pertenecemos quienes solo enseñamos las pezuñas en los campos de fútbol. Hay muchas cosas por las que aún no nos cobran impuestos, pero las vamos olvidando. Y es una pena, porque una vida bien vivida, es como vivir dos o más veces. En solo tres versos bien escritos, no lo olviden. ~


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