domingo, 28 mayo 2017
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En Triana vive la Esperanza

17 dic 2016 / 22:30 h - Actualizado: 17 dic 2016 / 22:30 h.

No sé si te pasa lo mismo que a mí. Cuando empiezo a cruzar el puente que separa a Sevilla, en dos mitades totalmente diferentes, me tiemblan las canillas como en los amores juveniles que salen en las películas. Pues es igual. Llego a la capilla del Carmen y me paro. Sigo hasta El Altozano y me detengo, la vista atrás, la mano sudorosa me delata y cojo aire. Veo Pureza en los ojos de ese niño que conoció las calles de la ciudad por los programas de mano cofrades. Soy el mismo y no, cada año renuevo el voto personal de besar las manos y abrir las páginas de un calendario que va de diciembre a diciembre. La calle es larga y corta, según se quiera ver. Cientos de adoquines la preceden, igual que los siglos de devoción. En la puerta huele a incienso –olor de grandes presagios– y se acelera el corazón. No sé tú pero ya tengo que entrar. Me arrodillo y rezo. Doy gracias. No le pido, le cuento. Está preciosa. Pienso que tengo suerte. Los ojos revuelven lo cotidiano y convierten en extraordinaria la oración. De vez en cuando, me pellizco la piel por si es un sueño. Y verdaderamente es un sueño de diciembre envuelto en Esperanza. Para llegar a sus manos y dejar el beso prometido, hay una cola. Allí ves la cantidad de gente que está pendiente de Ella. Cómo la quieren, cómo le rezan, cómo sin saberlo le hablan. Se acerca el momento, nos quedan ahora tres personas. Tres formas distintas de estar con Ella. Ella de cerca, te gana y de lejos, te enamora. Ella, la Esperanza, la que no te aturde sino que te despierta y cuando más lo necesitas, te abraza. El amor comprendido en una cara que no se olvida. Estoy delante. El tiempo pasa decididamente rápido pero siempre se queda clavado en el alma, un momento, un instante que me da vida cuando las cosas se ponen mal. No sé si es Ella quien sonríe o soy yo. Si es Ella quien me mira o soy yo el que decide atreverse a mirarla con el descaro de quien no tiene nada que perder. Me persigno, doy gracias de nuevo. El corazón a mil revoluciones es un polvorín de cosas que no logro explicar en un papel. Pero que tampoco haría en ningún sitio. Lo reservo para mí igual que hacemos todos. Lo milagroso, pocas veces se cuenta. Me despido. Miro la cara de la señora que le limpia la mano, es confidente de la Virgen. Ella no se mueve, no se marcha, no hace nada. Sigue tendiendo su mano a Sevilla. Está guapa, su rostro es el pasaporte hacia el cielo que nos tiene prometido. Está radiante y en la búsqueda de piropos, siempre se queda corta la casuística para proponer y adelantarse a la verdad. Y la verdad es una, por ser Reina, Madre y Capitana: en Triana vive la Esperanza.


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