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La vida del revés

Explosiones en la mente

27 jul 2018 / 23:00 h - Actualizado: 27 jul 2018 / 23:00 h.

Muchas veces me preguntan por qué acudo puntualmente a la ópera, por qué sacrifico horas de sueño asistiendo durante treinta días seguidos a un festival de jazz o si no me canso de estar entrando y saliendo de los teatros casi a diario. No suelo contestar ya que son muchas las razones por las que lo hago. No suelo contestar porque el que hace la pregunta no es consciente de estar a punto de escuchar una charla insoportable y pedante. Pongo cara de ¡a mí plin! y sigo a lo mío, como si no hubiera entendido la pregunta.

El pasado miércoles asistí en el Teatro Real de Madrid a una de las mejores tardes del año. Se subía al escenario Jonas Kaufmann, un tenor nacido en Munich el año 1969. Kaufmann ya había anulado sus dos compromisos anteriores en el Teatro Real y su llegada era esperada casi con ansia. No hace falta decir que todo resultó extraordinario. A pesar de que Kaufmann cantase con un exceso de cuidado para no destrozar una voz que siempre se encuentra en la frontera que separa la perfección de lo que se troncha como un junco. La Orquesta Titular del Teatro Real cumplió, entre otras cosas porque el director musical, Jochen Rieder, no es la persona mejor dotada del mundo para agarrar la batuta y sacar petróleo de los músicos.

Pues bien, con todas las pegas que se podrían poner al concierto, me instalé en ese territorio en el que todo resulta extraordinario (aunque no lo sea) porque prefieres disfrutar de lo que nunca podrás olvidar. ¿Por qué sucede algo así? En primer lugar, hay que entender que escuchar música es algo que se hace en grupo. La música sirve para celebrar, para penar, para disfrutar, para bailar. Y esas cosas se hacen en grupo. El entusiasmo, por tanto, se apodera de la platea (puede ocurrir justo lo contrario) y las personas nos solemos dejar llevar por esas sensaciones que convierten al individuo en parte de un grupo. Peligroso y maravilloso a partes iguales. Por otro lado, hay que tener claro algo fundamental: ningún aparato por sofisticado que sea puede reproducir un concierto con total perfección. Nada puede compararse a lo que supone escuchar en directo el sonido de una orquesta o la voz de un cantante. Sentarse en una butaca de un teatro como es el Real de Madrid, escuchar la voz de Jonas Kaufmann en directo y sentir cómo las emociones aparcan en cada una de las butacas para atacar a su ocupante sin piedad, es una experiencia única. Nada se puede igualar a semejante explosión en la mente.

Me voy a permitir una comparación algo extraña. Si usted es católico y ha escuchado y visto la misa de un domingo cualquiera en el televisor de casa, ¿al terminar no ha pensado «esto sirve lo mismo que ir al templo a celebrar la Eucaristía» con cara de incredulidad? Claro, es que asistir a misa en el salón de casa no es lo mismo. Otra. ¿Ustedes han asistido a un concierto flamenco? Si lo han hecho y luego han escuchado los mismos cantes en un disco habrán pensado que eran cosas distintas, que no se reconoce. Y si son aficionados a los toros sabrán a lo que me refiero después de haber tenido que ver más de una corrida por la televisión. Un natural de Curro Romero en la televisión es una herejía después de verle en la Maestranza.

Una vez que un espectador conoce los códigos con los que se presenta un espectáculo cualquiera, nada puede sustituir el directo. Y esta es una de las cosas por las que sacrifico’muchas horas de mi vida. Espero que vaya quedando claro.

Asistir a una manifestación artística, sea cual sea, es un privilegio. Cuando se alza el telón o comienzan a sonar las primeras notas, sabes que eso que va a ocurrir allí no se volverá a repetir nunca más. Solo un puñado de personas podrán decir que estuvieron en ese teatro o en ese club y que pudieron escuchar o ver algo insólito, maravilloso e irrepetible. Cuando escucho grabaciones de, por ejemplo Charlie Parker, en algunos de los locales neoyorkinos en los que tocaba, pienso que si esa música me parece arrebatadora ¿qué hubiera sentido al escuchar lo mismo en directo?

El mundo se cubre de corcheas, de fusas y timbres de voz preciosos. También de colores o texturas casi improbables. El mundo toma sentido, se convierte en ese lugar para el que estaba llamado a ser y no en lo que lo hemos convertido. Eso es para lo que sirve el arte y eso es por lo que alguien puede cambiar su vida sin pensarlo dos veces.

Descubrí la ópera dentro de un Seat 124 Especial, refunfuñando porque mi deseo era poder escuchar otro tipo de música. Sonaba un aria de Madama Butterfly, ópera de Giacomo Puccini. Sentí cómo la música era capaz de hacerme soñar con un universo entero. Supe lo que significaba encontrar una explicación a todo lo que me estaba pasando. Y esto es lo más formidable que pudo ocurrirle a un chaval de doce o tres años. Creo que ya está todo explicado.


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