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Genios incomprendidos

Los que ganamos poco compramos pocas lubinas al mes, pero sí mucha pasta y sopas de esas de sobres. A ver, las gallinas que entran por las que salen, ¿no? ¿La tasa de inflación no mide el crecimiento general de los precios?

02 feb 2018 / 21:59 h - Actualizado: 02 feb 2018 / 22:03 h.

Siempre me ha llamado la atención el desperdicio de algunos talentos españoles, genios incomprendidos a los que no se les da el sitio que merecen. No entiendo, por poner un ejemplo, que Cristóbal Montoro y Luis de Guindos sigan todavía en sus cargos, con lo mal que lo hacen, y que comentaristas de economía de determinados programas de televisión, como el de Al rojo vivo, se tengan que conformar con ser simples colaboradores. No lo entiendo, de verdad. Ahora creo que De Guindos y Montoro son solo dos acoplados, además de unos incompetentes que no saben nada de nada de economía. No había llegado a esta conclusión hasta que escuché el otro día este señor, porque tampoco es que me importen mucho. ¿Por qué me tienen que importar dos economistas que controlan mi hacienda personal sin conocerme de nada o estar casados conmigo?

Resulta que algunos colaboradores de la caja tonta saben cómo hacer funcionar la economía de nuestro país, y, además, conocen la fórmula mágica para arreglar el problema de las pensiones, que dicen que están en claro peligro de extinción. Y hasta aseguran que mientras más ganemos más consumiremos. Pues oye, es una tontería que no sea alguno de ellos ministro de Economía. Los empresarios estarían encantados con pagarnos el doble por trabajar lo mismo, que para eso no comparten cuando obtienen beneficios.

Estos especialistas en economía hablan con una seguridad pasmosa, como si ya hubieran sido ministros de la cosa en otra vida. Es que yo en otra vida era la repera verbenera, parece decir Díez, el de Al rojo vivo, convencido de que cuando manden los suyos le van a dar la oportunidad de su vida para que todos ganemos dos o tres mil euros al mes, como mínimo, con lo que nos echaríamos a la calle a consumir como locos y adiós a la crisis y a las tiendas de los chinos. Sí, porque no es que tengamos un problema estructural o de productividad, sino que como ganamos poco, el consumo interno es raquítico. Y así nos va, que tenemos menos fondo que una lata de anchoas.

Lo veo de otra manera. Los que ganamos poco compramos pocas lubinas al mes, pero sí mucha pasta y sopas de esas de sobres. A ver, las gallinas que entran por las que salen, ¿no? ¿La tasa de inflación no mide el crecimiento general de los precios? Comer comemos todos los días, unos más que otros, y si comemos, consumimos. Qué más da lo que comamos. Las tagarninas no suben la inflación, al igual que los espárragos trigueros, porque las cunetas no tienen amo. ¿Tienen algo que ver las tagarninas con el barril de Brent? Díganle a un parado de larga duración sin prestación por desempleo, que nuestra olla depende de un barril de petróleo o de los macarrones.

También hay entre los comentaristas deportivos algunos genios poco o nada comprendidos. Hace años que no escucho ninguno de esos programas de radio, pero a veces me encuentro algún enlace y, como me come la curiosidad, lo abro y escucho un poco. No se lo creerán, pero hay comentaristas que saben más de fútbol que Zidane y Míchel juntos. No se equivocan jamás, sea cual sea el resultado. Los que yerran son los entrenadores, que se supone que son los que saben. Y, claro, los árbitros, esos jueces de la pelota que con un pito, algunos tienen más poder que Pujol.

De vez en cuando viene un viajero a nuestra tierra, entendido en todo, y nos dice que somos un país bananero, de mierda; que estamos entre los más maleducados, analfabetos y violentos de Europa. Esos viajeros son también fenómenos de la naturaleza que no están reconocidos como grandes cerebros de la humanidad. Vienen a España, se beben nuestras bodegas, se zampan nuestros chuletones de Ávila y los langostinos tigres de Sanlúcar y cuando llegan a sus países de origen se sientan delante del ordenador y nos ponen a parir en el The Times, por ejemplo. En tono humorístico, claro, y cuando ya no corre el riesgo de que un español legítimo se lo meriende de un guantazo bien dado o le meta la faca hasta la campanilla, como ocurrió alguna vez en cafés flamencos decimonónicos.

A los españoles nos vendría bien una buena dosis de humildad. Puede que sí, que seamos un país maleducado, en general, sin que haya necesidad de traer aquí a Celia Villalobos. ¿Somos impuntuales y sucios? Joder, esto duele. Impuntuales, en general, seguro que sí. Quedas con alguien y te vas media hora antes por si ese día se equivoca y se presenta más temprano a la cita. Como llega media hora tarde, como mínimo, si tú lo haces treinta minutos antes, esperas una hora a alguien que cuando se acerca a ti te pregunta, tan pancho, que si ya has pedido una copa. ¿Y sucio? Pues sí, España es un país, digamos, más aficionado al vino que al agua. A mí, sinceramente, donde se ponga una buena copa de tinto, que se quiten las palanganas.

Pues yo creo que, en general, sin entrar en detalles rancios y de mal gusto, somos un país cojonudo. España está entre los tres o cuatro países más visitados del mundo, por encima de Alemania, Italia o Turquía. Por algo será, porque nadie viene a un país que conoce a pasarlo mal, que le roben, le salgan ronchas en las orejas o le escupan en la cara cuando hablan con los del terruño. Lástima que esos genios europeos, aburridos y frustrados, sigan viendo solo los tópicos: que somos gritones, maleducados, sucios y vagos. ¡Mala ruina le venga al gaché!

Yo también soy un genio incomprendido. Sí, voy a sincerarme este sábado con los lectores. Llevo casi cuarenta años creyendo que sé más de cante que los cantaores, de baile que las bailaoras y de toque que los guitarristas. Soy lo que se llama un petulante, alguien que porque lleva décadas investigando en juzgados, cementerios y parroquias, escuchando discos de pizarra y cilindros de Edison, sabe más que nadie y se encuentra con el derecho de criticar al Niño de Elche, otro cerebro nacional poco entendido, que hasta va a sacar pronto una antología de cante. Como si una antología de lo que sea la pudiese hacer cualquiera. ~


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