miércoles, 19 septiembre 2018
09:39
, última actualización

Gracias, Rubén

El ariete canario se despide del Betis como uno de los mejores jugadores de su historia pero con el sabor agridulce de no haber podido batir su último récord

20 may 2018 / 22:29 h - Actualizado: 20 may 2018 / 22:48 h.
  • Gracias, Rubén

Hablar de Rubén Castro es hablar de goles y de Betis. Mucho Betis. Y es que no se puede entender la historia reciente de los verdiblancos sin acordarse de él. Rubén lo ha sido todo en este último lustro. Y más de un lustro. Sus goles lo sacaron de la Segunda División, lo llevaron a Europa y lo auparon de nuevo a la élite después de aquel fracaso de los 25 puntos. Un tipo tímido e introvertido que jamás hizo ruido. No elevó nunca la voz y siempre ha navegado al son de los intereses de su club. Ese que le dio cobijo después de un sinfín de aventuras lejos de su isla natal. El delantero peregrinaba por la División de Plata sin suerte. De aquí para allá. A merced de un contrato sin fin con el Deportivo de La Coruña, equipo en el que extrañamente nunca rindió. Pepe Mel lo rescató para la causa después de haberlo adoctrinado en Vallecas. Cayó de pie. Su sociedad con otro grande la historia en verdiblanco como Jorge Molina fue más allá de la cancha. El otro delantero, el amigo, el que siempre lo apoyó y ayudó. Pero para Rubén, ese chico tímido de Las Palmas cuyo mayor grito para reivindicarse eran los goles, sufrió el revés más duro. Quedó en entredicho por una situación personal que nada tenía que ver con el fútbol. Fue ajusticiado públicamente y tuvo que salir de Heliópolis. Su aventura en China era el clavo ardiendo al que agarrarse. El Betis lo entendió y antepuso la persona al futbolista. Allí, en Asia, el canario se rehizo. Se encontró a sí mismo y volvió sabiendo que un juez lo declaraba inocente. El daño ya estaba hecho, pero la honrilla y el agradecimiento a un beticismmo que nunca dudó de él le obligaban a volver. Y no para saldar cuentas pendientes, pues todas las facturas se habían pagado ya. No era el de antes. Entre otras cosas porque el equipo creció sin él. El gesto de Joaquín en aquel famoso penalti («Lo tiras tú») decía mucho. Su equipo, su gente, quería al mejor Rubo. No tuvo la trascendencia de antes. De hecho, apenas jugó. Pero disfrutó de un Betis situado arriba, que lograba recuperar el fútbol de antaño y el ansiado pasaporte europeo. También lo merecía.

Con su marcha se cierra un periodo con recuerdos de todo tipo. Éxitos, fracasos y, sobre todo, el título que nadie podrá arrebatarle en años: ser el máximo goleador de la historia del Betis. Se ha quedado a las puertas de serlo también en la Primera. Eso no puede enturbiar lo mucho que ha logrado en Heliópolis. Gracias y hasta siempre, killer.


  • 1