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Viéndolas venir

Grafitera hortera

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
12 feb 2019 / 08:26 h - Actualizado: 12 feb 2019 / 08:29 h.
  • Grafitera hortera

Hoy no mola tanto hacer una pintada donde no se debe como subir la foto a una red social haciendo el caricato. O la caricata. Se queda uno a gusto escribiendo ese viejo adjetivo que no recordaba desde los tiempos de mi abuela. Caricato, de caricatura, del italiano caricare, exagerar, que en el contexto de mi abuela era justamente cargar las tintas haciendo el tonto. La exageración de la tontería se potencia hoy publicándola.

Cualquiera pinta hoy en la fachada de una iglesia sevillana que “la única iglesia que ilumina es la que arde” y se queda tan pancho. O tan pancha. Solo porque lo ha visto en un tuit y le ha iluminado su escasa inspiración, seguramente sin saber que la manida frasecita es un tópico que se le atribuye al anarquista Buenaventura Durruti; sin saber seguramente quién era Durruti; sin saber que es posible que la frase no fuera suya, sino de Piotr Kropotkin; sin saber quién era Kropotkin; sin saber qué era el anarquismo; sin saber que la iglesia es la de San Martín, uno de los pocos ejemplos arquitectónicos del gótico que conservamos en Sevilla (al margen de la Catedral); sin saber qué es el gótico; sin saber que es uno de los templos más antiguos de la ciudad; sin saber que se terminó más o menos cuando los Reyes Católicos se casaron; sin saber quiénes eran realmente los Reyes Católicos ni para qué se tuvieron que casar; sin saber que en ese templo está enterrado el imaginero cordobés Juan de Mesa; sin saber qué es un imaginero; sin saber quién era Juan de Mesa; sin saber que el edificio es un Monumento declarado Bien de Interés Cultural; sin saber que la iglesia es sede de la Hermandad de la Lanzada; sin saber qué lanzada ni qué niño muerto. Sin saber.

Hoy no se lleva saber. Pero sí pintar grafitis sin gracia, ser hortera y publicarlo. Se lleva ser tonto hasta para dejar pistas de la propia tontería.

Una vez tuve una alumna que se pasaba el día escribiendo su nombre por doquier: en el pupitre, en la silla, en la pared, en el quicio de la ventana, en los cristales, en la mesa del profesor, en el suelo, en el techo... Cuando su nombre sobrepasó el aula y decoró otras dependencias, le encomendé una bayeta y un líquido especial para que lo limpiara todo antes de marcharse a casa. La chiquilla me preguntó extrañada cómo había descubierto que era ella.

Pues eso, que no quiero dar ideas.


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