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Hazte la muerta

Pepa Violeta Pepavioleta /
03 feb 2019 / 10:41 h - Actualizado: 03 feb 2019 / 10:45 h.
  • Hazte la muerta

Siento ser yo quien rompa vuestro apacible domingo, pero cualquier día de la semana es bueno para remover conciencias soñolientas. En eso consiste también el feminismo, en sacar la mierda que el patriarcado escrupulosamente esconde debajo de la alfombra. Cada vez más integramos el concepto de cultura de la violación es nuestro vocabulario, pero me da la sensación que sin demasiada profundidad de campo. Encontrar espacios libres de (machi)trols, donde podamos poner encima de la mesa esta realidad, se hace cada vez más complejo, porque sacar las vergüenzas de un sistema podrido no gusta. La violencia hacia las mujeres, ha pasado a integrarse como un tema más de conversación y si alguna vez la sociedad espera respuesta hacemos un poco de demagogia y listo, a otra cosa, que hay que seguir entreteniendo a la masa con banalidades para que no reflexionen en exceso. Así funciona el patriarcado en general con este tema, con hipocresía y desidia. Sobre todo porque sin esa violencia, no se mantiene esta estructura de poder y sumisión que tanto le beneficia. Da igual en que país del mundo nos encontremos. Las distintas formas de someter a la mujer, que la cultura androcéntrica ha puesto en marcha desde que el mundo es mundo, dan para mucho. Espero hayan digerido bien el desayuno, porque si después de toda esta retahíla nos se les vuelve el estomago del revés, es evidente que el camino a nuestra propia destrucción como sociedad, está más cerca de lo que parece.

Esta semana eldiario.es sacaba la noticia de que la tradición de "planchar" el pecho de las niñas con una piedra caliente para retrasar su formación y evitar de estar forma ser violadas o acosadas, se está extendiendo por Reino Unido. Una investigación realizada por The Guardian, que pone los pelos de punta. Esta salvajada la realizan las mujeres de la casa, varias veces a la semana. La comunidad médica considera esta práctica de abuso infantil intolerable, pero bajo el paraguas de la moderna Inglaterra se consiente que estas niñas sufran de por vida marcas físicas y psicológicas, enfermedades o problemas para la lactancia. La ONU describe este, como uno de los cinco delitos de violencia machista menos denunciados a nivel mundial. Y de Reino Unido, nos vamos a Nepal. Allí, las niñas y mujeres son desterradas por sus propias familias a cabañas cuando están menstruando. Esta tradición hindú tiene por nombre chaupadi y es muy seguida en el oeste del país, donde según Naciones Unidas un 95% aceptan la expulsión de las mujeres del poblado, durante los días en que son “impuras”. Esta tradición aberrante es seguida pese a estar prohibida y denunciada por Naciones Unidas. El motivo por el que se continúa con esta tradición, además de por un grado de ignorancia, superstición y machismo mayúsculo, es porque se cree que la población puede sufrir una desgracia tal como un desastre natural, a menos que las mujeres que están menstruando vivan aisladas. En este exilio se les niega su consumo habitual de alimentos y se les prohíbe beber leche. Rodeadas de ganado, excrementos y a decenas de kilómetros de la aldea más cercana, estas mujeres sufre las consecuencias de una estructura patriarcal que las humilla y denigra de forma salvaje.

Y nos regresamos a Europa para hablar de violencia y cultura de la violación, porque a pesar de que este tipo de prácticas pueden parecer de sociedades indómitas con las que no nos identificamos, nada más lejos de la realidad. Concretamente en España, el patriarcado gitano sigue imponiendo la prueba de la virginidad de sus mujeres antes de la boda, como parte de un ritual propio de su cultura. Así lo certifica la ONU, que reconoce que al menos en 20 países de todo el mundo se sigue con esta practica dolorosa, inútil, traumática y humillante. Sin paños calientes, estamos hablando de una violación de los derechos humanos a la que el mundo hace oídos sordos.

Doctores, policías y líderes comunitarios son los encargados de “juzgar” la virtud, el honor o el valor de una mujer. Y que mejor ejemplo que los casos de Diana Quer y La Manada, para reiterar que la cultura de la violación existe. Y que no podemos caer en el error de asociar este concepto a lo sexual.

Hacerse la sonámbula o la muerta, es el único camino que tenemos las mujeres para escapar de la violencia a la que nos someten. Cuando se producen abusos, explotación sexual, cosificación, tocamientos, mutilaciones... castrando nuestro derecho a disfrutar de la sexualidad, cuando venden nuestros cuerpos como una mercancía más... las fronteras se diluyen. Da igual en que parte del mundo nos encontremos, somos mujeres y por tanto juguetes para el patriarcado, con los que entretenerse y hasta lucrarse de paso. Y en la civilizada Europa, deberíamos sacar menos pecho y comprometernos más con una persecución incansable a quien practica, legitima y consiente, cualquier tipo de violencia hacia las mujeres. Porque estas últimas sentencias judiciales no hacen sino ratificar que los jueces y su séquito de cómplices, están aquí para castigar a las mujeres pocos pudorosas o poco avispadas, que no han sabido protegerse lo suficiente. Ellas, trapos mojados, inertes y paralizadas ante una violencia cada vez más normaliza e integrada. Quizás esta pasividad de las víctimas, que usan jueces y abogados para facilitar que estos depredadores sigan libres, no es más que resignación. Esa que nace de lo más profundo de nuestro instinto de supervivencia. Salvar nuestras vidas fingiéndonos muertas, como los pájaros en las garras de los gatos. Los fanatismos religiosos, las tradiciones, las costumbres y la perpetuación de valores discriminatorios hacia la otra mitad de la población, se consolidan de forma perversa y nos da igual. El patriarcado sigue en las mismas, legitimando una serie de códigos que rigen la conducta sexual femenina para legitimar la violencia e inocular miedo, ese que paraliza y nos cala los huesos. Violación es violencia, sin más. Que poco hemos evolucionado desde la antigua Roma y que poco nos acordamos ya de la leyenda de Lucrecia. Esa mujer que según recogió Tito Livio, decidió quitarse la vida tras sufrir una violación por Sexto Tarquinio, otro machichulo de la época, que no sabia el significado del monosílabo NO. Se sintió sucia, impura y acabó con su vida. Este hecho supuso el derrumbe de la monarquía y la creación de la República en la ciudad de Roma.

Con el pecho planchado, aisladas en cabañas insalubres una vez al mes, con el clítoris mutilado, con la dignidad hecha añicos, humilladas, explotadas sexualmente o secuestradas para obligarse a casarse siendo aún niñas, son algunos de los muchos ejemplos de violencia que sufrimos las mujeres en el mundo. El movimiento feminista no puede bajar la guardia y ahora más que nunca denunciar todo este tipo de prácticas que nos deberían de avergonzar como sociedad. Nos unimos al grito de Blanca Berjano al patriarcado “somos combativas y hemos venido a destrozar los cimientos de vuestro maldito templo romano y a bailar sobre sus escombros”. Todas somos Lucrecia, Diana y millones de mujeres anónimas que en cualquier rincón del mundo sufren violencia por el simple hecho de existir.


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