lunes, 20 noviembre 2017
19:47
, última actualización

Historias de Manolita la Contadora

Decidí que tenía que devorar la obra de siete relatos que giraban en torno a la soledad que precede o sigue a la relación amorosa. O sea, mi caso. La vida sin mujeres, la soledad, el miedo a nuevos fracasos y la tristeza

15 sep 2017 / 21:10 h - Actualizado: 15 sep 2017 / 21:10 h.

De los pocos libros que he leído con verdadero interés en los últimos meses, el que más me ha interesado ha sido Hombres sin mujeres, del escritor japonés Haruki Murakami. Y sí, empecé a leer a este escritor y traductor a raíz de que fuera galardonado el pasado año con el Nobel de Literatura, para qué voy a presumir aquí de ser un gran lector de autores como el nipón, que decidió ser escritor de novelas como podría haber optado por ser fontanero o perito agrícola: lo hizo viendo un partido de béisbol. Naturalmente, porque es un deporte muy literario. Quién sabe si Cervantes decidió escribir El Quijote estando de invitado en una matanza doméstica de esas de Arévalo o Peñafiel.

Me interesó su obra, en parte, por lo que tardaron en darle el Nobel. Más o menos el mismo tiempo que a mí en que me concedieran el Nacional de Flamencología, lo que me tenía francamente traumatizado. No porque siempre me quedara en puerta, sino porque, encima, me llamaban y me lo decían, por lo general a la hora de la siesta, en la que todo te sienta como un tiro. «Le ha faltado a usted el canto de un duro otra vez», me dijo una de las veces el gran flamencólogo jerezano Juan de la Plata, ya ausente del mundo de los vivos. Y claro, te pueden pasar dos cosas, que llegues a odiar los premios o que le des más importancia de la que en realidad tienen. Lo cierto es que un premio no existe hasta que no se lo dan a alguien, sobre todo a uno mismo. Luego, claro, encargas las tarjetas de visitas y esas cosas tan vanidosas que siempre habías criticado de los demás.

Un amigo me regaló este libro de Murakami y, al leer el título, decidí que tenía que devorar la obra de siete relatos que giraban en torno a la soledad que precede o sigue a la relación amorosa. O sea, mi caso. La vida sin mujeres, la soledad, el miedo a nuevos fracasos y la tristeza que produce a veces esa sensación de estar en una fiesta en la que nadie te invita a bailar o a tomar una copa. He tardado en acabar de leer el libro, quizá demasiado, todo el verano, porque, además, es una obra muy musical y la música requiere tiempo. El mismo que una relación sentimental, y como el tiempo es oro, de ahí tantos fracasos. Murakami desvaría muy bien sobre este asunto, dando a entender que un fracaso sentimental, sobre todo el primero, no es solo una mala experiencia, sino el principio de una cadena de malos rollos. Perder a una es perderlas a todas, dice, en un claro y romántico concepto del fracaso como hombre y la pérdida de la autoestima.

Es increíble cómo describe la soledad, sin dar demasiados detalles, dejando que la descubras por ti mismo. El relato Sherezade, por ejemplo, es genial y muy conmovedor. Una mujer cuida de la casa de Habara, el protagonista del relato, y también se acuesta con él y le cuenta historias que siempre deja a medias, sin acabar. Conocí a un hombre mayor que vivía solo, al que visitaba una vez a la semana una extraña mujer vestida de negro. Él le abría la puerta, la cerraba en seguida y dos o tres horas después salía la mujer, cerraba ella misma la puerta y desaparecía calle abajo en busca del autobús. Todos en el pueblo pensaban que era una amante, pero no, era una contadora de historias tristes sin acabar. Siempre iba enlutada para que sus relatos fueran todavía más tristes. Era como su uniforme, el terno de la contadora de historias tristes.

Aquella mujer había enterrado ya a muchos hombres solitarios y tristes en varios pueblos de la comarca del Aljarafe. Era de una belleza natural increíble, alta y con los ojos negros. Viuda y con sus tres hijos viviendo en Barcelona, hacía de su capa un sayo y no le daba explicaciones a nadie. No hacía distingos de clases sociales a la hora de cuidar a un mozo duro –solterón entrado en años–, porque era su oficio y le daba igual un pobre que un terrateniente; se dedicaba a contarles historias tristes, enlutada hasta los tobillos, por unas pesetas. Y jamás se supo que heredara alguna casa u olivar de ninguno de sus clientes fallecidos, porque era una profesional que iba a lo que iba. Manolita la Contadora, así la llamaban en el pueblo, como si se tratara de una cantaora decimonónica.

Desconozco si existen aún mujeres como Manolita, capaces de contar historias tristes al pie de una cama o de una hamaca frente al televisor apagado, más allá de la imaginación del japonés Murakami. Con sexo o sin sexo, porque Manolita siempre presumió de haber sido de un solo hombre, el padre de sus hijos. Cuando murió, se acabaron los hombres para ella, salvo aquellos que la solicitaban para que les contara historias de amor con finales desastrosos, de mozas a las que habían abandonado sus novios en los altares o mujeres que se llevaron años esperando a aquel novio que, tras la guerra, no apareció jamás.

Pone la carne de gallina saber la cantidad de personas mayores que viven solas en España. Hoy hay muchas maneras de combatir la soledad, con la televisión o internet, pero imagínense hace cincuenta o sesenta años en esos pueblos de escasos habitantes en los que no había ni luz eléctrica. Manolita sería una mujer emprendedora y un día se le ocurriría dedicarse a contarles historias a los olvidados y solitarios, primero por afición y luego como un oficio, como aquellas plañideras que cobraban por llorar en los velatorios o los pregoneros que daban por las calles esas noticias que no llegaban por otros medios.

A veces, cuando la noche hace que la soledad corte como una navaja barbera, me acuerdo de aquella mujer de negro tan guapa y elegante, de Manolita la Contadora. Me la imagino sentada frente a mí en el salón de casa, con el televisor apagado y Surco durmiendo en su estera, contándome alguna historia triste de la posguerra. Y me consuelo con esta soleá:

Cada mañana, al despertarme,

siempre hay un pájaro triste

que canta para alegrarme.


  • 1