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La apostilla

La viña de Vedruna

07 oct 2017 / 23:29 h - Actualizado: 07 oct 2017 / 23:31 h.

El Evangelio de este domingo –la viña– parece haberse colocado a propósito en el camino para regalarnos la oportunidad de dar gracias al Señor por el cincuentenario de la estancia de las Madres Carmelitas de la Caridad, las Madres de Vedruna, en su casa de la calle Espinosa y Cárcel, dando, junto a las salesianas, a ese ámbito posmoderno de la ciudad un encanto especial. El evangelio de la viña parece señalar y explicar lo que hizo el propietario de aquella viña de la parábola: «Plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje».

Si nos hubieran pedido una memoria constructiva, no habríamos podido hacerla con mayor exactitud. Allí fueron las Vedrunas y plantaron su viña, trasplantando la cepa, chiquita y recogida, que había tomado cuerpo en la calle Bustos Tavera, desde la que verían tras la Guerra Civil llegar al exconvento de la Paz la belleza peregrina de la Pastora de Santa Marina. Fue en Espinosa y Cárcel donde las Vedrunas levantaron la cerca de un espacio abierto a la comprensión y al aprendizaje, marcando los límites por donde no dejar salir los valores que llevaron a Santa Joaquina a establecer, en una Cataluña bien distinta, una congregación para acompañar a los jóvenes. Las Vedrunas de Sevilla, luego, cavaron el lagar, no buscando simplemente una herramienta donde pisar las uvas de su cepa, sino ayudarles, con esfuerzo y tesón, a dar un néctar que, madurado con el tiempo, se tornase en el mejor vino. Así, las Vedrunas, hicieron de sus aulas un lagar espiritual en el que, transmitiendo un espíritu de superación continua, sus alumnos han venido dando lo mejor de sí mismos para ser, hoy día, vinos buenos.

El propietario de la viña construyó la casa del guarda, lo que aquí viene a ser la casa de la comunidad. No se entiende a las Vedrunas habitando constantemente lejos de su obra. Ellas, al pie de la viña, junto a todo el equipo educativo y de servicios que hace posible el funcionamiento del colegio, siguen velando, hora tras hora, para que la viña de Vedruna no perezca ni venga a menos a pesar de la sequía... de agua y espiritual que vive nuestro mundo.

Ellos, los profesores, los profesionales, los que junto a las Vedrunas dan vida al colegio son los labradores que han arrendado, que pagan con su vida, con sus conocimientos y con su vocación para que, entre todos, sea posible que el colegio de las Carmelitas de la Caridad sea un referente en todos los cursos, con una formación profesional que es la joya de la casa.

¿Y se marchó de viaje? No, ahí sí que no tiene razón el Evangelio. El dueño de la viña sigue allí, en el colegio de las Vedrunas, viendo sonriente cómo da fruto la obra de Madre Paula del Puig y Madre Concepción Torrens. ~


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