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Viéndolas venir

La arquitectura del tontolaba

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
16 mar 2019 / 09:55 h - Actualizado: 16 mar 2019 / 09:40 h.
  • La arquitectura del tontolaba

Mi abuela abría la puerta de la calle y la del patio del limonero y se sentaba en una mecedora a tomar la débil corriente del fresco que se apiadaba de su generación cuando no existían los aires acondicionados y a ella le molestaba el runrún del ventilador y su factura. Mi abuelo, más al fondo de la casa, hacía lo propio con la puerta del patio que tenía delante de la salita -donde paraban él y la eterna estampa de San Antonio- y la puerta del corral, mientras sacaba del pozo el cubo de latón donde había refrescado los higos chumbos que mondaba con una precisión de cirujano dándole tres cortes perfectos con la misma navaja que usaba por la mañana en la vendimia.

En aquella época nadie pensaba aún en la ecología ni en la arquitectura, pero las casas se hacían aún siguiendo el sabio patrón de sus ancestros que, sin saberlo, habían heredado el paradigma de las viviendas romanas y luego árabes que siempre buscaban, en un lugar tan cálido como el nuestro, esa eficiencia energética que ahora tanto se predica y tan poco se practica, salvo al salir del súper, claro, donde nos machacan la moral si pedimos una bolsa de plástico después pagar con dinero de plástico huevos estuchados en plástico, pasteles en cajas de plástico que guardan bolsitas de plástico individuales, carne plastificada y yogures doblemente plastificados, de modo que al aterrizar en el frigorífico el volumen de plástico que tiramos es prácticamente igual al del volumen de la bolsa que traíamos.

Las casas de entonces tenían patio y corral, que son espacios distintos pero que contribuían al refresco natural de toda la vivienda. En ambos, sin embargo, se distribuían con esa graciosa sintaxis espacial de las mujeres de antes una palmera exótica que unas vecinas sacaban de las otras -compartiendo tallos y cebolletas como quien comparte cromos- presidiendo el espacio, y, alrededor, las cintas, las begonias, las bellaraqueles, las sombrerillas, los helechos, las gitanillas, las espagarreras, las damas de noche y los potos, todos en macetas de barro que habían pasado de generación en generación con el único cambio del color de la pintura azul o roja con que se pintaban una vez por lustro o en recipientes que jamás se tiraban porque servían de macetas: las latas de pintura, de melocotón en almíbar y de leche condensada, y hasta los botes del colacao.

Ahora, después de tanto aprendizaje sin facultad, quienes han ido a la Universidad creen tener la fórmula mágica de las nuevas construcciones, de modo que abunda ya la casa rara, la vivienda búnker, la domus acorazada con materiales que ni se adaptan a este clima ni tienen gracia ni utilidad, sino el signo friki y estirado de quien se ha sonado los mocos infinitamente en el corral de su abuela y ahora quiere descubrir la pólvora porque ve viviendas muy chulas en revistas de Canadá, donde se abrigan con su propia memoria.

No aprovechar la inteligencia heredada es cometer la torpeza histórica de empezar de nuevo, la soberbia inútil de despreciar los descubrimientos de quienes nos precedieron en el siempre envidiable arte de vivir.


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