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La Tostá

La candela de la hijuela

08 dic 2018 / 10:35 h - Actualizado: 08 dic 2018 / 10:36 h.

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Una de las imágenes que más se me viene estos días a la memoria es la de una gran candela en la hijuela de Cuatro Vientos, que solíamos encender más o menos por estas fechas, a dos semanas de la Nochebuena, y que no se apagaba hasta pasados los Reyes. Si de madrugada se empezaba a apagar siempre había algún vecino que echaba unos troncos de olivo y por la mañana nos levantábamos medio congelados y acudíamos a la candela a tostar un trozo de pan o solo a calentarnos las manos y los pies. No era de nadie en particular, sino de toda la aldea, así que el que quería salía por la mañana con una pala para el brasero de su casa, o por la noche. Si había matanza, que cada Navidad se mataba algún pobre marrano, los niños pedíamos un trozo de pestorejo y lo asábamos en la candela sin analizar ni nada, porque eran cerdos muy sanos que se criaban en las casas con restos de comida de todos los vecinos: cáscaras de melón y sandía, hojas de lechuga, mondas de patatas y pan duro. La candela era el nexo de unión del vecindario, donde los hombres hablaban sobre las labores del campo, el fútbol o el toreo; las mujeres, de cocina y de lo guapo que era Roger Moore, El Santo, y los niños, del Betis y el Sevilla. Era también un sitio para enamorarse, porque la candela iluminaba la cara de las niñas y los niños ardíamos tanto por dentro como por fuera. La candela no era de izquierdas o de derechas, sino un lugar común, de todos, que hacía las noches alegres de quienes no teníamos televisor. Se asaban castañas y bellotas, se llevaban las cafeteras por la mañana buscando el rescoldo y algunas vecinas secaban la ropa en ella, aunque luego oliera a humo. A humo, pestorejo, sardinas y castañas. La candela de la hijuela de Cuatro Vientos era el calor de la Navidad y el esfuerzo de todos para que en tan señaladas fiestas nos juntáramos las familias, olvidar viejas rencillas y recibir al Niño de Dios con villancicos y dulces de Carmen Pichardo.


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