jueves, 15 noviembre 2018
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La discreta Soledad

Perla, joya, piedra preciosa en la sortija de estos siete días por tu saber estar de sutil presencia, nunca reclamando nada, siempre dándolo todo

30 mar 2018 / 00:18 h - Actualizado: 30 mar 2018 / 00:19 h.
  • La Soledad de San Buenaven-tura. / Teresa Roca
    La Soledad de San Buenaven-tura. / Teresa Roca

Haber ido un puñado de años junto a la Cruz de Guía del Cachorro me convirtió en devoto suyo. Hay cosas que duran solo un instante pero si le sumas la espera anterior y la huella posterior se convierten en duraderas y permanentes. Así sucedía con Ella, instalada en el núcleo central de nuestro itinerario, es decir, siguiéndola de cerca desde que se unían nuestros cortejos en la confluencia de O,Donell y Velázquez, hasta que nos despedíamos cerca del Baratillo. Pero desde la salida ya nos sentíamos llamados por Ella y el regreso no hubiera sido igual sin el rescoldo de su compañía gratificante. Como si no se hubiera acumulado cansancio mientras estuvimos juntos.

Si hay una Soledad de Sábado Santo, de cierre, de luto negro y paso singular donde la Cruz es un alegórico dosel y se demuestra que el cielo de Sevilla es el mejor palio, ésta del Viernes Santo palpita sobre la sangre aún caliente del Hijo, en escena de Gólgota con la Cruz clavada sobre el páramo rocoso, y la expresión de su rostro fruto del parto más doliente imaginable, que te acaben de arrancar de tu vientre –donde ha reposado unos instantes– el cuerpo que concebiste para la Vida y no para esta horrorosa muerte.

Pende de la Cruz el sudario. Pañuelos de seda que bate el vientecillo del atardecer y se enredan en las esquirlas humeantes de los pabilos, prestando una suavidad de bálsamo a la tragedia. Nosotros traemos detrás al Trueno agonizante y da apuro romper este soplo, esta brisa de puntillas como aquella donde Elías encontró a Dios, cuando lo esperaba en el Fuego y en la tormenta. Esta Soledad abre un camino hacia el pecho de María que te advierte y te previene de lo que Ella guardaba en su corazón. No en vano procede de un hogar conventual y franciscano para más inri, nunca mejor dicho. Soledad desapercibida y discreta que en las primeras horas de esta tarde cansada deja un elegante susurro de dolor.

Cuando se viene con los oídos colmatados de tanto redoble violento de los tambores que abren paso a nuestra Cruz de Guía y en un cambio de cadencia, al encontrarte con la Soledad, empieza en tus tímpanos ese concierto sinfónico de la música templada que lleva, pareciese que es la propia Madre quien ha empezado a hablarte con su idioma generoso y paciente. Empieza el repertorio de su amplio patrimonio musical adornado con las más clásicas de la Semana Santa y se asienta en tu cerebro el estribillo de Soledad Franciscana hecha –ahora te das cuenta– no solo para el andar costalero sino también el andar nazareno, afinando tus pulsaciones y tus pisadas. Casi sustituye a tu madre cuando a tu lado iba preguntándote cómo ibas.

Desde nuestro sitio nosotros no veíamos la asfixia expirante de nuestro Cristo ni el fulgor de filigrana de nuestra Virgen. Eramos su avanzadilla, eso sí, su anuncio, su presencia anticipada y desde ese punto de vista éramos Cachorro y Patrocinio. Pero ser testigos, asistir a la cita con Sevilla de esta modesta y elegantísima Soledad, al modo de aquel penitente de la Esperanza de Triana de Florencio Quintero, sin poderle ver la cara, confortaba nuestra penitencia con los mejores alivios que soñarse pudieran. Y grabar nuestra mirada con su Cruz vacía, sus escaleras apoyadas y las patas del sudario aventadas como cometas entre estos tornasoles del atardecer era transformarnos en parte esencial de su propia procesión y Ella de la nuestra. Ya quisieran muchos nazarenos de sus tramos vivirla con la intensidad que nosotros. A veces escapándosenos con pena, otras alcanzándola casi en abrazo, siempre con una complicidad en la devoción, ganados por su sombra, coda de su estela, eco de su rastro. Más de una fotografía he visto por ahí que se la ve a ella en primer plano, su tristeza infinita, y al fondo, emborronado en una mancha de capirotes negros, estoy yo, parte de su retrato.

Si se habla del primer tramo del Calvario y su gloria de disfrutar delante a la Macarena, si muchos hermanos hoy en todas las cofradías solicitan pese a su antigüedad sitio tras la Cruz de Guía y terminan emparentando espiritualmente con la Imagen que les precedía, yo me arrodillo hoy por esta Virgen que ejerce materialmente de cirinea en mi agotador Viernes Santo, como si no tuviera Ella bastante con lo suyo. Con lo de todos. Enfermera, sanadora, descansadora ya no solo del alma sino también del cuerpo haciendo lo duro suave, breve lo interminable y bello lo bullicioso. Donde haya pensamientos de abandono ponga yo ánimo y amor para llegar hasta el final, parecía que dijese al estilo del de Asís.

Si el paso de palio se inventó para dar cobijo al dolor de María, doble mérito debe tener el llanto a la intemperie de esta Soledad a palo seco, sobre la difícil canastilla ocupada el resto de los días por su Hijo y los discípulos. Qué vacío. Me estremece hasta, lo confieso, dejar por momentos mi sagrada obligación de ir acompañando a Cristo en su Muerte Expirante como me compromete literalmente mi papeleta de sitio trianera. La capa se me hace túnica blanca de cola y ya me confundo sin saber si tirar hacia Adriano o hacia Castelar cuando nos separamos. Tal enamora. Tal te atrapa si abres tus oídos a esta humilde soledad sonora de San Buenaventura, tan bien educada que esconde sus lágrimas sin protagonismo en la nómina de la Semana Santa, tan llena de Pasión que a veces ya ni sé si va de pie erguida en su Stabat Mater iuxta Crucem posterior al Descendimiento o sigue de rodillas como antaño fue en ese monte.

Discreta Soledad, ruega por nosotros. Como terminamos nuestros cultos con la Salve, a ti te dirijo mi Salve final. Perla, joya, piedra preciosa en la sortija de estos siete días por tu saber estar de sutil presencia, nunca reclamando nada, siempre dándolo todo. Recóndita verdad de la Semana Santa de Sevilla y detalle en el que se atrapa su Verdad sin altavoces. Tanto de la sencillez de Nazareth hay en tu persona que creo que por eso habitas en tierra franciscana para que te cuiden como ellos cuidan, custodios, los Santos Lugares. Porque tu eres Tierra Santa de Sevilla y yo, cada Viernes Santo, tu fervoroso peregrino.


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