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Los medios y los días

La embarazada

12 jul 2019 / 07:52 h - Actualizado: 11 jul 2019 / 13:56 h.
  • La embarazada

Me ha ocurrido algo insólito que deseo compartir con mis dos o tres lectores. Estaba yo en la plaza de la Pila del Pato, en Sevilla, sentado en el mismo brocal de la pila y pensando en un buen plato de cabrillas con tomate y en un vaso de gazpacho –más tomate, me han dicho que es bueno para la próstata que tarde o temprano dirá aquí estoy yo- cuando vi aproximarse a una mujer que caminaba lenta, como cansada. Me levanté para irme a agarrar un bus de Tussam pero esperé a ver pasar a la señora. Cuando la tenía más cerca me quedé impresionado: cargaba con una barriga inmensa y la señora no era gorda ni nada, al revés, era delgada y con una cara fina como el cutis de la que anuncia el Plan Pon’s, belleza en siete días, o lo anunciaba que ya no estoy seguro. Bueno, como una de esas bellezas que para nada necesitan lo que anuncian y que, en lugar de decir voy a tomar yogur con bífidus activos para cagar mejor, simplemente se palpan el vientre porque para eso son finas y no bordes como yo.

Así de bonita era la mujer de la barriga gorda, como las de los bífidus activos que por cierto no sé lo que son, creo que bichos microscópicos. Pensé que esa barriga no era normal, que tal vez arrastrara con ella un pesado tumor de esos benignos que tienen mucha presencia pero se quitan, se les regalan a Lipasam y se acabó el problema. De modo que me dije: como eres tan solidario vete cerca de ella a ver si se va a desvanecer, así la ayudas y eso tal vez sea el comienzo de una gran amistad. Además, eres feminista, recuerda cuando tu especie tenía claro que Dios había nacido mujer y endiosaba a la mujer por ser el origen de los seres humanos.

Todo eso me dije mientras se acercaba más y más la mujer, es que estoy hecho un intelectual, cada vez me aproximo más a la Griso, la de Antena 3, o a García Ferreras, uno de los que se junta con sus amiguetes de la cuerda del PSOE en la UPO de Verano en Carmona para hablar del poder y los medios a costa del dinero público y del de, acaso, ingenuos alumnos que ignoran que quienes les hablan son jueces y parte e incluso les dicen que este diario no existe y que esto que hacemos aquí no es periodismo, es lo que les ocurre a los adoctrinadores que ya asumen su adoctrinamiento como algo democrático.

Vuelvo a la mujer. Llegamos a la altura de Santa Catalina y allí coincidimos en agarrar el mismo bus. Quiso sentarse en unos asientos que había delante del vehículo en los que se veían varios letreritos fijados a la pared del bus, en uno de ellos se podía ver a una mujer con la barriga gorda también. Coño, no me acordaba yo de que las mujeres barrigonas tenían privilegios en Tussam y, a pesar de eso, la mujer no se pudo sentar porque estaban ya ocupados los lugares por unos chavales que no se levantaron para dejarla sentarse. Me dio pena de la pobre pero más pena me dio de mí, de verme todo golpeado si me enfrentaba a aquellos mozos de músculos artificiales, se trataba de niños pijos y débiles mentales pero los débiles mentales son peligrosos y violentos. Yo soy un intelectual pero no Charles Bronson en sus buenos tiempos y cuando estaba vivo.

Por fin se bajaron los muchachos de las cabezas pequeñas y las espaldas grandes y la señora se pudo sentar. En la misma parada subió otra señora, ésta sin barriga gorda. Por lo visto se conocían. “Rocío, ¿cómo lo llevas? Ya te quedará poco, ¿es niño o niña?”, le preguntó la recién subida a la gorda. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que existían -o existieron- unas mujeres a las que se les iba hinchando poco a poco el vientre hasta que tenían un niño al cabo de no sé cuántos meses. Aquella señora estaba embarazada, era una diosa como las que se veneraban en el Paleolítico, cuando creían que Dios nació mujer. Y yo sin darme cuenta, menuda mierda de intelectual que estoy hecho.


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