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Tribuna

La Encrucijada de Haití

20 feb 2019 / 09:08 h - Actualizado: 20 feb 2019 / 09:15 h.
  • Personas venden productos este martes en el Mercado de Petionville, en Puerto Príncipe (Haití). Haití recupera este martes tímidamente la normalidad después de las violentas protestas de los últimos días. EFE/Orlando Barría
    Personas venden productos este martes en el Mercado de Petionville, en Puerto Príncipe (Haití). Haití recupera este martes tímidamente la normalidad después de las violentas protestas de los últimos días. EFE/Orlando Barría

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Haití afronta desde hace aproximadamente unos quince días múltiples manifestaciones, a veces muy violentas, reclamando la renuncia del presidente Jovenel Moïse, elegido en las elecciones de noviembre de 2016. Mientras que Venezuela ocupa las portadas de los mejores periódicos del mundo, Haití sobrevive debatiéndose entre la miseria, la opresión, la indiferencia de sus élites y el olvido de la Comunidad internacional. Sin embargo, mi país vive también una situación de emergencia.

No soy un politólogo y por tanto no pretendo de ninguna manera hacer un análisis riguroso y sesudo de la situación del país. Mi propósito más bien es expresar mis opiniones sobre un problema que me preocupa, dada mi condición de haitiano. La crisis no es actual, sino más bien se ha acrecentado a lo largo del tiempo. Arranca desde el mes de febrero de 1986 con el derrocamiento de Jean Claude Duvalier quien, atenazado por los acontecimientos y las numerosas protestas callejeras, se vio obligado a tomar el camino del exilio, refugiándose en Francia.

Si bien la salida forzada del sátrapa produjo un enorme júbilo, creyendo ingenuamente el pueblo que se había librado del dictador, la instalación inmediata en el poder de los militares, mediante un acuerdo entre ellos y Duvalier, generó un gran descontento y una profunda desilusión porque la nueva clase de dirigentes estaba compuesta de militares que eran unos fieles colaboradores suyos, meros administradores o ejecutores de su ideario político, y en el mejor de los casos, pasivos espectadores de la dictadura. Aquí podemos parafrasear al ilustre escritor italiano Claudio Magris quien en otro contexto expresó lo siguiente: "algunos tenían las manos manchadas de sangre, otros no, pero estos no tenían ningún reparo en estrechar las manos de los que las tenían ensangrentadas", frase extrapolable al caso que nos ocupa y que describe con agudeza aquella situación de los militares.

Desde 1986 hasta 1990 el país caminó desprovisto de un rumbo certero. Se dotó en 1987 de una constitución democrática que fue ampliamente conculcada en distintas ocasiones. Haití fue víctima de continuas rivalidades entre facciones militares que desembocaron en dos golpes de Estado. Hizo falta llegar al año 1990 en el que el pueblo, de forma mayoritaria e inequívoca, expresó a través de las urnas su apoyo a la candidatura de Jean- Bertrand Aristide, un sacerdote de 37 años, adepto de la Teología de la liberación.

Pero un golpe de Estado, apoyado por el gobierno norteamericano y encabezado por el General Cedras, puso fin siete meses más tarde de la toma de posesión de Aristide, a las aspiraciones más nobles del pueblo y una salvaje represión se instauró en el país.

Hecho quizás único en el mundo, o al menos insólito, el derrocado presidente fue repuesto en su cargo por las fuerzas norteamericanas que invadieron el país en 1994, terminando su mandato al año siguiente. Durante su segundo mandato (2000- 2005) defraudó al pueblo administrando al país, utilizando las mismas sórdidas prácticas duvalieristas que el fustigó desde su púlpito de la Iglesia de los Salesianos. Se erigió como un mesías y dilapidó su capital político. Este mandato fue también truncado por un nuevo golpe de Estado.

Qué decir del presidente actual, un empresario títere del ex- mandatario Martelly, este último a su vez un vulgar cantante del ritmo Compas y con un pasado muy turbio. Jamás Haití había sufrido tanta degradación física y moral como en la actualidad.

Es difícil imaginar y mucho menos calcular la incidencia de los trastornos mentales que, sin lugar a dudas, pululan en Haití, si nos fijamos en las paupérrimas condiciones socio-económicas o en las dificultades y penurias de distinta índole en las cuales se desenvuelve la población haitiana, mientras que la élite económica, "la élite más repugnante" se comporta como aves de rapiña que viven en la más insolente e insultante opulencia.

Ante esta situación de emergencia tan complicada, a mi humilde parecer, sería conveniente un Gobierno de Unidad o Concentración Nacional, apelando a los distintos partidos políticos a abdicar de sus posiciones más recalcitrantes en pro de una solución favorable que abra camino a una reconducción y regeneración de Haití.

Para terminar, me siento apesadumbrado al escribir estas líneas, viendo cómo se va esfumando poco a poco el anhelado sueño mío de ver antes de mi muerte, caminar mi país hacia un estado de derecho, una nación que viva en paz y capaz de resolver las necesidades más acuciantes del pueblo.

*Alix Coicou es médico psiquiatra nacido en Puerto-Príncipe (Haití) pero reside desde hace muchos años en Sevilla donde ejerce su profesión.


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