miércoles, 24 mayo 2017
23:26
, última actualización

La España notarial

21 abr 2017 / 22:30 h - Actualizado: 21 abr 2017 / 22:49 h.

Gran parte de nuestra España está instalada sin cobrar como un profesional, en la cultural del notario, fedataria pública de la decadencia de una parte de la clase política carcomida por las corruptelas. Demasiadas personas legitimando con sus silencios, y amnistiando con sus votos, las cloacas de este país, que tiene al frente el partido de Europa más asiduo de los banquillos.

Los actos de algunas cúpulas gubernamentales e institucionales están investidos de presunción de verdad, habilitados por las leyes y por las complicidades mediáticas, para gestionar políticas a sabiendas de lo presuntamente delictivo que han sido, y no cesan en esta irreconocible patria.

El síndrome del notario es tan alarmante que una porción de sus 8 millones de votantes cumple con el mandato de mantenerse aparentemente neutrales en sus actos, y aunque nos estén robando no solo el dinero, sino el tiempo, y la esperanza, las urnas siguen llenándose de sus papeletas, o de aquellos que piensan que todos son iguales, o del que hagas lo que hagas esto no tiene solución, o incluso de quienes tienen inyectado el virus, de que vienen los que pueden levantar las alfombras, a la sazón muchas, incluidos los felpudos, que igualmente abundan, amén de las ranas, sapos y culebras contaminadas

Y esta España, manipulada sin mucho esfuerzo para estar permanentemente en estado de shock, convirtiendo en frágil y vulnerable ciudades, pueblos y ciudadanía, con efectos tan dramáticos, que una mochila, un ruido, un rumor, una estampida desestabiliza desde fenómenos tan arraigados como una Semana Santa, un aeropuerto, un colegio electoral, o cualquier confluencia de seres humanos.

Hay mucho miedo, hay miedo a opinar, hay miedo a que el poder no te considere de los suyos. Hay sometimiento consentido al que manda. Se está inmovilizando hasta los músculos de la supervivencia, y está triunfando más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Eso se llama terror al cambio, aunque sea para mejor, mucho cuidado con la aceptación primero, la resignación después, y por último siempre llega la derrota. Si no despertamos ¡claro! ~


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