domingo, 18 agosto 2019
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La Feria o la vida en color

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
03 may 2019 / 07:31 h - Actualizado: 02 may 2019 / 14:35 h.
  • La Feria o la vida en color

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Mi primera Feria de Sevilla fue en el Prado de San Sebastián, que uno es aún joven pero no tanto. Vivía en Palomares del Río y vinimos unos amigos a pasar la noche. Tenía que ser así porque no había autobús de regreso hasta por la mañana. Era el año 1971, luego tenía ya 13 años, todo un hombrecito. Ya trabajaba en Sevilla, en el taller de pintura de Antonio Tocino Caballero, que estaba en la calle Constancia del barrio Voluntad de Triana. Ganaba 300 pesetas a la semana, pero mi madre me dio solo diez duros para ese día y me los fundí nada más llegar al recinto ferial en un sombrero cordobés de cartón que, como llovió, se mojó y acabé hecho unos zorros, sin dinero, chorreando y con más frío que un perrito chico. Pero fue una experiencia increíble, porque la Feria era entonces más recogidita que la de ahora y un poco más flamenca. Acostumbrado a la de Palomares, que era lo menos que se despachaba en ferias, la de Sevilla me pareció como viajar a otro planeta. Creo que fue la primera vez que vi la vida en color o al menos es lo que registró mi memoria en color por primera vez, porque hasta las verdes huertas de Palomares las recuerdo en blanco y negro. Cantamos por sevillanas una letra de Isaías, el de la Carnicería, que decía:

Palomares del Río no tiene río.

No tiene río, no tiene río,

tiene un caño pequeño con mucho brío.

Y otras, las de moda de Los Hermanos Reyes, Los Hermanos Toronjo o Los Romeros de la Puebla. Gracias a que cantábamos pudimos comer algo en las casetas. Por ejemplo, jamón de pata negra, que era algo desconocido en Palomares. Alguien nos dio también un gambón a la plancha y lo tiramos porque no sabíamos qué clase de bicho era. También bebimos, lejos del control de nuestros progenitores, quizá más de la cuenta y acabamos durmiendo en la hierba mojada del Parque de María Luisa. Cuando nos despertamos todavía llevaba el sombrero cordobés mojado y una rosa roja en el bolsillo que me había dado una actriz española muy de moda, Lina Morgan. Había que ver la carita que teníamos cuando llegamos a Palomares, sobre las diez de la mañana, donde nos esperaban los amigos que no pudieron ir. La de mentiras que les contamos. Para darme importancia como incipiente galán les dije que la rosa me la había dado Eva Gadner, con quien había hecho el amor en una barca de la Plaza de España. Fue como ponerle los cuernos a Lina Morgan, pero es que me daba coraje que solo vacilara Luis Miguel Domnguín de haberse ido a la cama con el animal más bello del mundo. Cuando acabamos de hacer el amor me vestí y Ava me preguntó que a dónde iba. “Dónde voy a ir, a contarlo en el bar de Ricardo”.


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