martes, 17 septiembre 2019
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La gran Sevilla

27 jul 2018 / 23:00 h - Actualizado: 27 jul 2018 / 23:00 h.

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Si me pierdo que me busquen tras la persiana bajada al resguardo de la flama, en la retaguardia umbría del sol y la sombra donde se libra la batalla entre el fresco y la canícula, al amparo de un buen libro o en los brazos de Morfeo. Que me busquen para disfrutarla en soledad, deteniéndome en el velador de cualquier bar a ver la vida pasar. Sevilla en agosto es sinónimo de vacaciones y quedarse en ella, puede llegar a ser una experiencia maravillosa; siéntese bajo el monumental laurel de la India junto a la Pila del Pato, recórrala en bicicleta con el frescor de la primera hora de la mañana o al atardecer y llene su retina de añiles y malvas. Vaya al cine de verano, al Alcázar o a la Cartuja a regalarle placer a sus oídos y a sus sentidos, disfrute de una azotea, desde donde vivir la noche sevillana bajo esta luna que nos recibe en agosto, poderosa y eclipsante, madre y señora del vino, como cantase Santiago Auserón y déjese llevar por el asueto veraniego de una ciudad que se ofrece entera a su disposición, esfervescente pero tranquila, calurosa pero silente. «Sevilla sin sevillanos, la gran Sevilla...», ironía machadiana para recibir en el calendario al mes de agosto, ese que transforma el estruendo de motores, prisas y peatones en un letargo urbano lleno de vías desérticas, aquel país de la infancia que en el inconsciente y en el alma, formaron los preceptos del poeta que mejor supo entender esta ciudad que no le olvida, aquella que le vio nacer un 26 de julio de 1875, al recuerdo de un patio y un huerto claro donde madura el limonero.


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