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Viéndolas venir

La higuera

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
16 may 2019 / 09:12 h - Actualizado: 16 may 2019 / 09:16 h.
  • La higuera

Como para dar clases después de almorzar necesito que el moscardón del sueño que sueña ya con la siesta estival no me pique, ayer pedí un café solo con hielo en un bar de Las Cabezas de San Juan a esa hora imprecisa en que la canícula se hace dueña de las calles. El bar, como el pueblo, estaba bastante solitario si no fuera por un par de ancianos que discutían en ese tono en el que solo los andaluces percibimos que es la tonalidad de la amistad. Si allí hubiera entrado alguien de más allá de Despeñaperros, hubiera pensado en llamar a la policía, porque ni el tono ni el vocabulario que se arrojaban mutuamente los dos hombres parecían teóricamente en son de paz. Pero como uno ha mamado la ironía de esta tierra desde que nació en ella, sonrió de medio lado al descubrir que aquella conversación podía surtirme de ejemplos para la clase que iba a dar a continuación...

Yo había ido allí a hablar de metáforas, pero los ejemplos librescos que llevaba apuntados me parecían muy gastados, así que consideré que estaba de una suerte increíble cuando uno de los viejos le dijo al otro: “Tú lo que tienes que hacer es echarte una mujer”, y le añadió: “Ve a lo de Juan y Medio”. El anciano, pensativo y cabizbajo, le contestó: “Si ya fui, pero parece que la mala suerte me acompaña”. Su compañero se lo corroboró: “Sí, yo creo que la mala suerte va contigo de la mano”. La bellísima e inquietante personificación me zarandeó, pero aún quedaba el plato fuerte: “¡Tienes que ir otra vez a lo de Juan y Medio!”, le dijo, “que tú eres capaz todavía de montarte en la higuera!”. Y la frase me retumbó en el pecho porque resumía la clase de dos horas que yo tenía que dar: “Eres capaz todavía de montarte en la higuera”.

Cinco minutos después, delante de los alumnos, relaté lo oído en el bar para explicarles que la literatura no es una cosa que se encierra en los libros, sino que late libre en la conversación de dos viejos en cualquier bar de pueblo en el sopor de la tarde. Como los alumnos ya tenían una edad, sonrieron al unísono al escuchar la metáfora: “Eres capaz todavía de montarte en la higuera”.

Al regresar, a la salida del pueblo, pasé por un solar abandonado en el que crecía selvática una higuera como esa del Evangelio en la que se sube Zaqueo para ver a Jesús cuando iba pasando por Jericó, el pueblo del famoso ciego que ahora, dos milenios después, enseña la higuera literalmente, sin metáforas, como un recurso turístico más. A través de sus hojas, se entreveía el pueblo y yo evoqué las caras de los alumnos, sonrientes por el descubrimiento de que la realidad es mucho más rica de lo que parece cuando la observamos desde más allá de su materialidad impura y dura. Incluso una higuera.


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