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Viéndolas venir

La madre de Julen

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
12 mar 2019 / 08:18 h - Actualizado: 12 mar 2019 / 08:25 h.
  • Victoria García, madre de Julen. / EFE
    Victoria García, madre de Julen. / EFE

Cada Cuaresma tiene su dolorosa de carne y hueso, de llanto y verdad, y después del pasado miércoles de ceniza tenemos a la madre más cenicienta de cuanto nuestro terror pudo haber imaginado: la madre de Julen, el niño que se cayó por aquel agujero que nos condujo a todos al infierno nacional de haber intentado salvarlo en vano.

Después del primer duelo, le llega el duelo eterno. Porque una madre a la que se le resbala un hijo así entre medio de sus años en la flor de la vida ya no puede ser la misma. Ni la misma mujer ni la misma madre. No hay nombre que la nombre. Porque si se le llega a morir su padre, sería huérfana. Si se le llega a morir el marido, sería viuda. Pero ni la vida ni el diccionario cuentan con que se te muera un hijo antes de que pienses siquiera en tu propia muerte. Y menos que se te muera así, fugado para siempre por un agujero que no sabías ni que existía... Hasta el papa dijo que el infierno no existía, y ya ven que depende.

No sé quién habrá tenido la sangre fría o la mala sangre de preguntarle por indemnizaciones. Pero le han preguntado. Y ella ha contestado que su hijo vale más. A nuestros pequeños solemos preguntarles cuánto nos quieren para que extiendan sus manitas con todos los dedos que aún no caben en su imaginación pero necesitan. Hacen así y enseñan un cinco, y si les decimos que es muy poco se apresuran a abrir también la otra mano, y se ríen porque comprueban mano a mano que no tienen dedos suficientes para cuantificar su amor, porque se demuestran a sí mismos que el amor es el primer sustantivo incontable que ya entendieron desde que eran bebés.

Debe de ser terrible que te expliquen la cuantía de una indemnización por la muerte de quien nunca debió haber muerto. Que te den detalles, que te cuantifiquen números, que te desglosen céntimos. El bolígrafo del administrador debe de mutarse en el bisturí que te hace el alma pedazos. Nadie debería pasar por ahí, por ese terrible zorongo con un nudo para siempre en la garganta: “La luna es un pozo chico, / las flores no valen nada, / lo que valen son tus brazos / cuando de noche me abrazan”.

Qué no daría esta dolorosa malagueña por empezar de nuevo.


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