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Viéndolas venir

La magia de las abuelas

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
17 feb 2019 / 10:49 h - Actualizado: 17 feb 2019 / 10:51 h.

Anoche le hice rebanadas de pan frito a mi hija. A sus cinco años, le gusta indagar en la intrahistoria de cada alimento. De modo que tocó la rebanada con la punta del dedo y dictaminó que no la quería. Eso qué es, preguntó con ese ceño fruncido que a mí me encanta. Una rebanada de pan frito, le contesté yo. Está buenísimo, le añadí. No me lo voy a comer, dijo ella. Volvió a tocarlo con el extremo de un dedo, dando a entender que no le agradaba ni el tacto, y se cruzó de brazos en un gesto muy suyo de cuando algo no le parece bien y espera una alternativa. ¿Lleva azúcar?, me preguntó. No, le dije yo tranquilizándola. Entonces qué lleva, cómo está hecho. Es pan, le aclaré yo. Pan, solo que frito, con aceite. No me lo comeré, insistió ella sin desanudar los brazos. Pues eso me lo comía yo en casa de mi abuela Modesta y estaba buenísimo, le dije. Y ahí cambió todo.

¿En casa de tu abuela?, me preguntó, curiosa. Sí, le contesté, ella me lo hacía cuando me quedaba allí, cuando yo tenía tu edad. No me gusta, volvió mi niña a la carga. Pero yo le troceé la rebanada, y añadí: Yo sigo su misma receta. ¿Qué receta?, me preguntó ella, al filo de la inquietud. La misma forma que ella tenía de hacerlo, más quemadita por un lado y menos por el otro, compruébalo tú misma, le dije. La niña cogió un trozo roto de rebanada y mostró una cara marrón y otra anaranjada. ¿Ves?, le dije. Ella sonrió, al tiempo que oprimía con el dedo el migajón interior. Y yo me fui a la cocina.

Al volver, comprobé con el rabillo del ojo que lo había probado. ¿Cómo se llamaba tu abuela?, me preguntó. Modesta, le contesté yo. ¿Y siempre te daba esto? Aquello parecía ya una excusa para comer en forma de interrogatorio. Siempre no, pero solía hacérmelo, y a mí me encantaba, le dije. Entonces mi niña se llevó otro trozo a la boca. Por dentro está buenísimo, dijo. ¿A que te gusta?, le pregunté entonces. Sí, pero porque lo hacía tu abuela; quiero que me lo eches todos los días para el cole. Eso no está bueno frío, es mejor recién frito, le digo yo. No, no, lo quiero para el recreo. Yo le sonrío y espero que se termine el resto de la cena.

Pero no puedo sustraerme a la nostalgia que es capaz de encender un pan frito, sin necesidad de que sea una magdalena... Mi abuela me preguntaba: “¿Qué te gusta más: el pan frito o la rebaná?”. Y la gracia estaba en que ella utilizaba la rebaná como sinónimo de pan frito, aunque cortado recto. Yo le contestaba cualquier cosa y ella se reía, y luego me cantaba aquella canción de los agujeros del cuerpo: “Dos balcones, dos ventiladores, dos sopladores, un comepán; un mundo y un facundo”. ¿Y qué es el mundo?, le preguntaba yo, con la misma cara pícara que tiene mi hija ahora mismo, cuando se termina la tortilla que le he hecho.

¿Está buena?, le pregunto. Sí, contesta ella, pero la de la abuela Mari está mejor, que lo sepas. Yo teatralizo una cara triste y ella se ríe mientras se abstrae en cosas de la tele. Al rato, cuando la llevo a la cama, me pregunta: Papá, ¿qué es “que lo sepas”? Es que en mi cole lo dicen mucho...


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