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La pequeñez de Europa

10 jul 2018 / 20:03 h - Actualizado: 10 jul 2018 / 22:02 h.

El azar ha hecho que haya paseado durante unos días por las calles y plazas de Avignon cuyo nombre suena hoy a cuadro de Picasso, por el de Las Demoiselles d’Avignon, que nada tiene que ver con la ciudad y sí con una cada de lenocinio de la calle barcelonesa de ese nombre, cercana a la Plaza Real, llena aún de personajes de los que Nazario colocaba luego en sus comics. En la centuria del trescientos, sin embargo, Avignon, en Provenza, disputó durante un tiempo a Roma la capitalidad de la cristiandad porque allí estuvo la sede papal la mayoría de los años del siglo XIV, cuando el Sacro Imperio Romano Germánico atravesaba una etapa difícil y, en Europa, después de siglos de feudalismo, se abrían paso conceptos y realidades nuevas, los del poder real y de la nación, por ejemplo.

A parte de que en el inmenso palacio que sigue llamándose de los Papas vivieran esos pontífices, luego, a lo largo de casi medio siglo más, lo hicieron otros mientras en Roma (e, incluso, en algún otro lugar) también había quien proclamaba su primacía. Aunque ambas facciones tuvieron la buena idea –o ni se les ocurrió plantear el asunto– de no tocar la doctrina que, elaborada casi durante un milenio, constituía la dogmática, una y otra se alinearon con distintas corrientes políticas, básicamente con las monarquías consolidadas (los de Avignon) o con los poderes nobiliarios y nacionales emergentes (Roma).

A su vez, esas banderías estuvieron rodeadas de otro conflicto; el que se conoce como Guerra de los 100 años, que parece una contienda entre Francia y Gran Bretaña pero que, realmente, fue la I Guerra Europea puesto que su desarrollo tuvo consecuencias en varios países, entre ellos España.

Poco después de que los sucesores de San Pedro comenzaran a pasearse por los campos regados por el Ródano y en vez de los del Tíber, Sevilla pasaba a ser la capital oficiosa de Castilla con Pedro I, apuntaba a disputarle a Toledo la titularidad de la eclesiástica que esta mantenía desde los inefables godos y se abría la línea marítima entre el Guadalquivir y el Támesis para llevar hasta tierras inglesas la lana merina española, se encendía ese conflicto entre los poderes de las dos orillas del Canal de la Mancha.

Pedro I no sólo fue el monarca de la leyenda de la vieja de la calle Candilejo o del romance del Maestre de Santiago, el caballero al que la muerte esperaba en Sevilla. También un personaje de los Cuentos de Canterbury en los que su autor, Geoffrey Chaucer, –y con fama mucho mejor de la que tiene por aquí– lo saca a relucir varias veces en sus páginas. Todo ello se debía, en gran parte, a que casó a una de sus hijas con un York y, a otra, con un Lancaster.

Esa política filobritánica lo metió en el conflicto que otros mantenían mucho más al Norte de España, incluso más al Norte de Avignon porque su hermanastro Enrique tomó partido por los de enfrente y consiguió que huestes francesas, mandadas por Bertrand du Guesclin (el Príncipe Negro), vinieran a ayudarlo y que este mismo entrara también a formar parte de la leyenda con aquella acción del Campo de Montiel que cuenta cómo dio la vuelta a los dos hermanos enzarzados en el suelo haciendo, en definitiva, que Enrique pudiera apuñalar a Pedro después de dejar para la Historia su frase indeleble: «Ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi señor».

Cuando la estancia legal de los Papas en la ciudad de la Provenza había terminado, comenzó el otro procés mencionado más arriba, el conocido como Cisma de Occidente, con dos o tres papas al mismo tiempo, una de cuyas sagas también habitó las estancias avignonenses. El último de ellos fue el Papa Luna, el otro Benedicto XIII, que acabaría sus días como Antipapa en la ciudad castellonense de Peñíscola mucho antes de que sirviera de escenario a la película Calabuch, de García Berlanga. Eso sucedió ya entre finales del trescientos y principios del cuatrocientos, cuando la Casa de Trastamara no sólo se había asentado en las corte de Castilla sino que, además, pasaba a ser la reinante en Aragón y Cataluña con Fernando el de Antequera, en Navarra y en Nápoles.

En esos años Sevilla fue la avanzada de Castilla no ya ante el consabido y secular enemigo moro –de capa caída, precisamente desde que el infante Don Fernando (antes de ceñirse la corona de Aragón) arrebatara la ciudad de los molletes a los granadinos– sino contra el Portugal insumiso del Maestre de Avis que, a la postre, se independizaría no sin antes intentar que parte de la actual Andalucía (la lindante con el Algarve) se sumara a su causa y, de este modo, enlazara las tierras lusas con las del Norte de África (la bandera de Ceuta es aun la portuguesa).

En resumen: que Avignon, en la región de Provenza que hoy sigue teniendo por bandera las mismas barras rojas y gualdas que Aragón, Valencia, Cataluña y Baleares, parece muy lejana pero está tan unida a nosotros como Cáceres o Amberes. Europa es muy pequeña y tiene una Historia común. Una Historia en la que cabemos todos. Lo que pasa es que no lo sabemos porque esa asignatura aún no ha nacido.


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