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La planta de Rafael Ortega

Rafael era un libro abierto, porque pertenecía a dos familias cantaoras y bailaoras que habían hecho historia, los Ortega y los Monge de Cádiz. Murió el 5 de febrero de 1973 en la Alameda. Un genio

25 may 2018 / 19:21 h - Actualizado: 26 may 2018 / 09:51 h.

Ahora que se ha puesto de moda el flamenco en todo el mundo y que este arte andaluz está tan reconocido dentro de otros géneros musicales, algunos pueblos de Sevilla deberían echar cuenta de sus artistas. Hace ya mucho tiempo que desvelamos en este mismo periódico de dónde era natural uno de los bailaores más famosos de España, Rafael Ortega Monge, de la localidad de Gelves. Allí no tenían ni idea, porque el sobrino de Gabriela Ortega y, por tanto, primo hermano de Rafael y Joselito el Gallo, nació en la huerta del gran torero El Gallo en 1894, pero enseguida se afincó en la Alameda de Hércules, donde estaban ya viviendo otros Ortega de Cádiz, de su misma familia, viendo cómo ganarse la vida con el flamenco. Ortegas como Enrique, Francisco –el célebre e infortunado Paquiro –asesinado en Sevilla 1909–, Gabriela y José el Águila, el abuelo de Manolo Caracol, es decir, el padre del célebre Manuel Ortega Fernández El del Bulto.

O sea que a todos los efectos, Rafael Ortega fue un sevillano de pura cepa, hijo de Manuel Ortega Feria y de Manuela Monge Fernández, el primero, gaditano e hijo de Enrique Ortega Díaz El Gordo, cantaor y matarife, y la segunda, malagueña y nieta del mítico Antonio Monge Rivero El Planeta, como ya demostramos hace algún tiempo con toda clase de documentos. Hasta que no averiguamos quién fue El Planeta (Cádiz, 1790-Málaga, 1856), no se sabía que fue el bisabuelo de Rafael Ortega y de sus hermanos Enrique el Almendro y Rita Ortega, artistas también aunque de menor importancia que Rafael, que fue uno de los mejores bailaores de su tiempo.

Tampoco se sabía que El Planeta era hermano del célebre bolero gaditano Luis Alonso, quien inspiró Las bodas de Luis Alonso, o que era también tío carnal del célebre cantaor de la Tacita Lázaro Quintana Monge, una de las primeras figuras del cante andaluz. Esto nos demuestra lo importante que es la investigación, aunque no lo parezca por el escaso apoyo que tiene por parte de las instituciones públicas o privadas andaluzas, siendo algo marginal aunque bastante necesario.

Imaginen lo bien que quedaría un busto en bronce del gran Rafael Ortega en alguna plaza de Gelves, con aquella planta tan gitana y tan sevillana, con sombrero de ala ancha o sin él. Pero Gelves no es una localidad muy flamenca, a pesar de que siempre se ha dicho que de ese pueblo era natural el mítico cantaor Frasco el Colorao, aunque sin documentos que acrediten tal hecho. También hubo un Niño de Gelves, pero esta localidad no brilla precisamente con luz propia en el mapa del flamenco, como casi ninguna de las que están a esa orilla del Guadalquivir, lo que no deja de ser un misterio, uno más de un arte tan misterioso como es el flamenco.

Por tanto, es un buen motivo para que tuvieran un día un detalle con un bailaor histórico que llegó a compartir escenario con las más grandes bailaoras, desde la célebre Argentinita a su hermana Pilar López o Pastora Imperio. Y que participó en alguna película, como La Niña de la Venta, de Manolo Caracol y Lola Flores. No nos estamos ocupando pues de uno de tantos bailaores sin apenas trayectoria artística como registra la historia, sino de alguien que ya bailaba de niño en salas y cafés de Sevilla y que en 1929, el año de la Exposición iberoamericana de Sevilla, era del elenco de La copla andaluza.

Pocos años después de que su pariente Manolo Caracol conquistara un premio en el Concurso de Cante Jondo de Granada, Rafael Ortega se unió a él para formar parte de su espectáculo, con el que recorrió distintas ciudades y pueblos de España. Fue cuando Encarnación López Júlvez, La Argentinita, que volvió a bailar después de mucho tiempo ausente de los escenarios, lo reclutó para que formara parte de dos de los más importantes espectáculos de todos los tiempos, El Amor Brujo y Las calles de Cádiz (1933), donde destacó no solo como bailaor, sino como actor.

Cuando se estrenó El Amor Brujo en Cádiz, en 1933, Rafael lo pasó tan mal que declaró esto en la revista Nuevo Mundo: «Yo tuve un sueño malo la noche antes del estreno. Muy malísimo mi sueño, palabra. Por las calles blanquísimas de la taza de plata me arrastraban gitanos furiosísimos. ¿Qué cosas me dirían que daban compasión? A la cabeza de ellos iba Espeleta, este gran cantaor que ahora está con nosotros». Se pueden imaginar su gracia gitana.

El espectáculo de La Argentinita e Ignacio Sánchez Mejías obtuvo un gran éxito en 1933 y 1934, pero Rafael no quiso hacer ir a Argentina y se quedó en Sevilla para formar pareja artística con Pilár López, la hermana de La Argentinita. Me dijo Pilar en Ronda que en aquellos años, a mediados de los treinta del pasado siglo, el bisnieto de El Planeta era un cañón, con una planta estupenda y un arte único. «El más flamenco de todos», según ella. La llegada de la Guerra Civil española de 1936, tan nefasta para el flamenco, acabó con aquel binomio artístico. Sin embargo, Pilar y Rafael volvieron a trabajar juntos de nuevo una vez acabada la contienda y después de que el bailaor participara en espectáculos de cante con Manolo Caracol, Pepe Pinto y El Sevillano, apurando los últimos aires de la Ópera Flamenca. Cuatro faraones, así se llamó uno de aquellos espectáculos, en los que el baile sobrio y gitano de Rafael Ortega marcaba claramente la diferencia.

En los últimos años de su carrera, en los sesenta, trabajó con Pastora Imperio y con Lola Flores. Con Lola en La Guapa de Cádiz, en 1967. Y poco más. Se le solía ver por la Alameda de Hércules contando sus batallitas y explicándole a los bailaores jóvenes cómo había que colocarse para no «bailar agachonao», entre ellos a Antonio el Farruco o a Mario Maya. Rafael era un libro abierto, porque pertenecía a dos familias cantaoras y bailaoras que habían hecho historia, los Ortega y los Monge de Cádiz.

Murió el 5 de febrero de 1973 en Sevilla, estando viviendo en el número 52 de la calle Peral, en la Alameda. Soltero y sin compromiso. Un genio.


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