lunes, 17 diciembre 2018
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Pareja de escoltas

La Purísima

08 dic 2018 / 12:06 h - Actualizado: 08 dic 2018 / 12:18 h.
  • La Soledad está estos días expuesta en besamano extraordinario por los 150 años de la llegada de la hermandad a San Lorenzo. Foto: Hdad. Soledad.
    La Soledad está estos días expuesta en besamano extraordinario por los 150 años de la llegada de la hermandad a San Lorenzo. Foto: Hdad. Soledad.

La Navidad aún no había emprendido la actual conquista del calendario más allá de los fastuosos anuncios de colonias y espumosos que prometían paraísos oníricos y un mundo de felicidad acartonada. El tiempo fluía con naturalidad, ocupando su propio espacio sin anticipar lo que llegaría a su hora. Al asomar diciembre -con un frío antiguo de abrigo largo- el colegio se preparaba para honrar a la Purísima con ese fervor inocente que se quedó en los regatos de tantos caminos errados.

A las pláticas de los hermanos o los profesores de religión les seguían, invariablemente, la compra de una inmensa cartulina azul, la consabida estampa de la Inmaculada de Murillo y el esquilme de la bolsa de algodón del botiquín familiar. Surgían esas glorias infantiles de aire naíf que forraban el aula de techos altos. La calefacción no estaba. Tampoco se la esperaba. Comenzaba entonces -ahora sí- la breve carrera hacia la Navidad entre ensayos de villancicos, cartas a los Reyes Magos y preparativos de viajes a esos pueblos -entonces se antojaban tan remotos- en los que nos esperaban los que tanto nos quisieron.

El día de la Purísima invita a bajar de nuevo hasta esos sótanos de la memoria para encontrar el niño que fuimos, viviendo la espera con sincera ilusión. El descubrimiento del cutrísimo alumbrado navideño del centro era todo un acontecimiento que terminaba de poner el reloj en hora. Ha pasado demasiado tiempo desde entonces y necesitamos tomar prestados los ojos de nuestros hijos para abstraernos, aunque sólo sea por un instante, de la estresante carrera que enmascara el verdadero sentido de la Navidad. Merece la pena recobrar ese íntimo reencuentro para volver a respirar el aire frío del huerto que nutría de musgo el nacimiento familiar. Aún estamos a tiempo...


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