lunes, 24 septiembre 2018
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, última actualización

La última cera

Ahora escapo, fugitivo de un calendario que quiere agarrarme, por las avenidas de una primavera que me empuja a los almacenes, a los medios cirios en la pared del olvido

08 abr 2018 / 08:09 h - Actualizado: 07 abr 2018 / 22:34 h.
  • La última cera

Tengo un pie en la nostalgia y piso con el otro la memoria. Mi corazón cae justo en el centro de la incertidumbre y mis temores están leyendo un letrero que me remite a la Cuaresma del año que viene, ahora tan lejos como las ganas de aceptarlo. Necesito enfriar la hoguera de esta intensa alarma que suena a himno sevillano de bajos de túnica arrastrada, a cera salpicada en el antifaz, a costal manchado de sangre seca, a programa de mano deshojado, subrayado, manoseado por la necesidad de abarcarlo todo, de tenerlo todo, de capturarlo todo.

Ahora escapo, fugitivo de un calendario que quiere agarrarme, por las avenidas de una primavera que me empuja a los almacenes, a los medios cirios apoyados en la pared del olvido, a las varitas amontonadas en aquella esquina. Estoy citado a la desarmá del paso y a la desarmá del alma. Tengo fiebre en los ojos, me duelen los bolsillos, huérfanos ya de estampitas y medallas, y me niego a firmar la última hoja de mi diario. Que sea otro quien suba a los altillos tanto recuerdo, fresco aún pero empezando a secarse. Necesito más horas de paladar y plata rellena de flores nuevas. Aún vibra en mi retina la última cera y suena en mis mañanas esa marcha de la penúltima revirá del paso de palio. Dejadme que lo siga escuchando, que mi paladar todavía es feliz, que mis pies, cansados, no quieren a esta hora ni la sal ni el agua caliente.

Ha venido la realidad a buscarme y se ha colocado con los brazos cruzados y con todo su peso ante las puertas de mi porvenir. Me he cruzado con una túnica blanca de Santa Marina, echada en el brazo del caballero, camino de la tintorería. Y es curioso ver la resurrección camino del cementerio en el que las lavadoras lapidan para siempre los recuerdos de una mañana victoriosa que llenó de luz todas las calles, todas las auroras.

Han empezado las vísperas, las esperas. Otra vez estamos en las mismas. En las mismas esperanzas, en ese tiempo que debemos vivir tras el matorral del aguardo para darle caza a la pieza deseada de la madera de Dios. Ya tenemos preparado el equipaje para un ciclo que anticipa largas travesías y miradas atrás. Todo tardará en llegar y todo se marchará tan rápido como la nube de incienso que tiene el mal gusto de no quedarse a vivir entre los brazos del Cristo de la Buena Muerte de la Universidad.

Me marcho con las maletas de mi nostalgia a otra parte. Hemos quedado miles de personas en la misma estación. El trayecto será otra vez sin trasbordo. Cambiarán los vagones, las tardes, la lectura y el café que buscaste recorriendo el pasillo del tren que conduce a tu infancia. Dale un beso de una vez a Sevilla y dile que la quieres. No lo hagas más difícil. Ella te va a esperar.


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