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Haciendo lío

Las abuelas del Cautivo

23 sep 2017 / 21:33 h - Actualizado: 23 sep 2017 / 21:34 h.

Hace un tiempo que me hablaron de Manuela. Tiene casi 90 años y lleva buena parte de su vida siendo vecina del Cautivo. Llegó al Tiro de Línea, como tantas otras familias, al calor de una nueva barriada que nacía extramuros de Sevilla para soñar con una prosperidad obrera que disfrutaba al lado de su familia, su mayor tesoro. Hoy, en pleno siglo XXI, vive el encierro forzoso de esos pisos cárceles en los que la falta de algo tan básico como un ascensor le impide salir a la calle con tanta frecuencia como desearía. Vive de sus recuerdos. Como los de esa silla en la que esperaba cada Lunes Santo ver pasar a su Cautivo en la esquina de siempre, con la gente de siempre y arropada por su familia. Aquello hoy en día sólo es el recuerdo de un tiempo pasado que como cualquiera fue mejor pero que le ayuda a sostener la memoria de una felicidad que no parece tener fecha de caducidad, al menos en lo más profundo de su alma.

Manuela sueña con esa estampa cada día. No puede ser de otra forma. Ella, como las demás abuelas del Cautivo, tiene el pelo de plata y el corazón de hierro. Fuerte y robusto de tantas lecciones como le ha dado la vida. Las piernas ya le fallan –cosas de la edad–, aunque daría lo que tiene porque le respondieran lo justo como para caminar tras el Señor de las manos atadas en la tarde mágica del Lunes Santo. Cruzar con Él por el parque de María Luisa, quizás arrancar alguna flor con la que adornarse el moño de su pelo, y entregárselo a Sevilla, solo por unas horas, con la tranquilidad de que antes de que amanezca volverá a estar en el barrio, su reino de madres anónimas. Allí, donde cada mañana iba en su búsqueda para contarle sólo lo que los dos saben y que nunca confesó a los demás. Sus manos encalladas de tanto zurcir, su sonrisa inalterable, sus besos de buenas noches que tanto se extrañan cuando no está.

Hoy domingo, este 24 de septiembre, daría parte de su vida por poder acudir a la parroquia a ver a su Virgen de las Mercedes en besamanos. Si cierra los ojos la ve, la siente cerca, en la estampa arrugada del mueble que decora el salón de su casa. ¿Alguien puede pensar que no está al lado de Ella? El beso de acción de gracias vuela ya por la ventana. Busca la iglesia en la que la Virgen reina hoy como patrona de un barrio al que puso nombre y que cada mañana le da las gracias por la vida. Y aún así, Manuela no pierde la sonrisa, aunque a veces no se vea. Sabe que siempre habrá alguien que le bese a la Virgen la mano por ella, en su nombre. Es el mayor regalo que puede hacerle su familia. A ella y a otras tantas abuelas del Cautivo que como San Pedro, ante la transfiguración del Señor, dijo aquello de «Padre, qué bien se está aquí». ¿Y si hoy le dan un beso por ellas?


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