domingo, 18 noviembre 2018
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Las bombas saudíes y los tirabuzones de Cádiz

13 sep 2018 / 22:57 h - Actualizado: 13 sep 2018 / 23:01 h.

Qué no hubiera escrito desde Cádiz, con doliente humor, el gran escritor Fernando Quiñones sobre el sainete español de las 400 bombas de precisión y las cinco corbetas para Arabia Saudí. El 2018 ha sido considerado por el Gobierno andaluz el Año Quiñones, en el vigésimo aniversario del fallecimiento de un personaje irrepetible. Con talento literario a raudales, incluso para que lo admirara Borges. Y animador cultural de primer orden para todos los géneros artísticos. Capaz y capataz para crear un festival de cine regateando a la censura franquista a la hora de proyectar películas extranjeras no aptas para mojigatos. Con altura de miras para dignificar y divulgar el flamenco como arte mayor sin complejos, sin miedo a que algunos intelectuales de las camarillas madrileñas tuvieran sarpullidos ante semejante apego. Quiñones tenía pasión por Andalucía como tierra de cultura, y le apenaba la decadencia económica y social de Andalucía, para más inri la de Cádiz. Qué no hubiera dicho él, formidable viajero, autor del libro de poemas ‘Las crónicas del Yemen’, para retratarnos con la panoplia de argumentarios y eufemismos que se están esgrimiendo, de cara o por lo bajini, en el tirititrán del trágala para tranquilizar conciencias sobre el mantenimiento con dinero saudí de los empleos en la industria naval de la Bahía de Cádiz. El que paga, manda, y cartuchos al cañón (de corbeta). Y a la población yemení, víctima de una de las guerras más espantosas y silenciadas de las últimas décadas, y sometida a un atroz bloqueo alimentario, que le tiren bombas en lugar de raciones de atún de almadraba.

Del ‘¡No a la guerra!’ al ‘!Que vienen las elecciones!’. Esto es Carnaval, pero con letra de Groucho Marx: «Estos son mis principios, pero no si no le gustan tengo otros». Para llevarse bien con la tiránica monarquía saudí como cliente, y para evitar un motín en tierras gaditanas, con la amenaza cierta de miles de familias cantándole las cuarenta a todos los políticos con mando en plaza, solo han faltado dos estrambotes: que la cúpula republicana de Podemos propusiera condecorar a Pedro Morenés, el ex ministro del PP que negoció la venta de las 400 bombas de fabricación norteamericana como condición inseparable para construir las corbetas en los astilleros de la provincia española con más paro. Y que en el Parlamento andaluz se pospusiera la ruptura del pacto PSOE-Ciudadanos hasta que se aprobara una moción de reconocimiento a la labor de la comisionista Corinna dejándose la piel durante muchos años en pro de la amistad hispano-saudí y de los contratos para nuestras empresas.

Ya caducó el orgulloso tanguillo de “Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones, que las hembras cabales en esta tierra cuando nacen ya vienen pidiendo guerra, ¡guerra! ¡guerra!”. Cuando hace más de dos siglos la armada napoleónica asedió sin éxito Cádiz, la Tacita de Plata encabezaba una Andalucía cuyos niveles de prosperidad no estaban ni mucho menos por debajo de País Vasco y Cataluña. Hoy tenemos un promedio de renta per capita a la cola de la Unión Europea pese al bombardeo de miles de millones de euros enviado para relanzarnos y volver a ser lo que fuimos, que diría Blas Infante. Y ya no vale argüir que «llevamos tres siglos haciendo barcos de guerra en nuestros astilleros». Porque nuestra civilización aún no se ha autodestruido gracias a avances como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y gracias a esfuerzos como el de intentar civilizar incluso las guerras, las compraventas de armas y la industria militar.

Buen tema para la próxima campaña electoral: cómo llegar a ser una sociedad con el nivel de prosperidad de Canadá, que le ha aguantado el pulso a Arabia Saudí, tras romper el régimen de Riyahd todas las relaciones diplomáticas y comerciales con el país norteamericano porque su gobierno, encabezado por Justin Trudeau, critica la conculcación de los derechos humanos y aboga por la liberación de los disidentes saudíes. Porque los canadienses son mucho más capitalistas que los españoles. Pero tienen una democracia de más calidad y unas arcas más saneadas para defender mejor los principios y la dignidad.


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