viernes, 19 octubre 2018
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, última actualización

Lisboa ‘menina bella’

la trastienda

11 ago 2018 / 18:54 h - Actualizado: 11 ago 2018 / 19:19 h.

Bajo una hilera de olivos que me cobijan del Lorenzo que está cayendo sobre la Belém lisboeta, os escribo esta Trastienda que sabe a Monasterio de los Jerónimos, indescriptible contar el arte que guarda tanto como el que enseña, a Monumento de los Descubridores en el que Magallanes, dicen que está pero yo no lo he visto entre tantos portentos de la navegación portuguesa... Está más claro que el agua del Tajo, que el bueno de Hernando, nacido en Sabrosa, no es tan querido como el gran Vasco de Gama, muy a pesar de su gran proeza... Otros gallos hubieran cantado si el navegante portugués no hubiera emprendido la gesta desde el Guadalquivir, al servicio del emperador Carlos.

Y mucho más si la primera circunnavegación al mundo no la hubiera hecho en colaboración de un marino de Guetaria, llamado Juan Sebastián El Cano, que de Mactán (donde el comandante perdió la vida) a Sevilla, pasando por Sanlúcar, todavía quedaba un trecho más largo que la dictadura de Venezuela, por eso no es ninguna imprecisión la de aquellos que a la ruta “magallánica” le añaden el adjetivo “el cánica” para honrar al navegante español que, viendo el panorama tan peligroso que se aventuraba en las Molucas, se dijo a sí mismo “Juan najela” y salió por patas de allí, caminito de casa. Una vuelta tan temeraria como peligrosa para los dieciocho tripulantes de la Nao Victoria, que a la par festejaban el regreso con la satisfacción de volver a España a sabiendas de que habían conseguido dar la primera vuelta al mundo. Una expedición de clavo y canela, como dijera mi prima Irene Gallardo, que llevaba tatuada en el alma la Corona de España, escoltada naturalmente por Sevilla y Sanlúcar de Barrameda.

Mientras tanto, a mi alrededor, tranvías amarillos van y vienen, al compás del ajetreo de una vieja ciudad que es tan bella como su historia, tan sabrosa y dulce como los pastelitos de Belém y los fados del barrio alto, y tan magnífica y atractiva como un libro de poemas de Fernando Pessoa.

Gracias Lisboa por ser, como eres, tan maravillosa.


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