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Los olvidos históricos

Los reiterados anuncios de la puesta en marcha de leyes y medidas de Memoria Histórica evidencian que, en este terreno, existe un incumplimiento endémico en España

12 ago 2018 / 22:10 h - Actualizado: 12 ago 2018 / 22:10 h.
  • El castillo de Santa Catalina, en la capital gaditana, es hoy un centro cultural. / El Correo
    El castillo de Santa Catalina, en la capital gaditana, es hoy un centro cultural. / El Correo

Por la misma razón por la que muchos historiadores ponen la repetición de leyes y sanciones como prueba evidente de que esas medidas no cumplían los objetivos para los que habían sido creadas, los sucesivos anuncios de la puesta en marcha de leyes y medidas encaminadas a recuperar lo que se ha dado en llamar «Memoria Histórica» indican que, en este terreno, existe un incumplimiento endémico y, por tanto, un déficit que lastra la posibilidad de que cuadren las columnas del Debe y el Haber del Tiempo en una comunidad de ciudadanos tan importante como la de España.

No se trata del caso concreto –que también– del olvido en miles de cunetas de la red de carreteras patrias, de otros miles y miles de españoles abatidos por las balas de quienes se alzaron en Julio de 1936 contra la legalidad democrática. Se trata de que ése no es sino el último capítulo (por ahora) del Libro de los Olvidos porque todo ello viene de mucho más atrás.

Por ejemplo, en los manuales de Historia para colegiales quedó olvidada la Guerra de Sucesión entre Felipe de Borbón y el pretendiente austríaco y sin explicar, por tanto, el porqué de muchos de los problemas que aún pesan sobre España. Pero si el siglo XVIII siempre tuvo la fama de ser el gran desconocido de nuestra Historia, el XIX le va a la zaga pues en ninguna parte aparece la represión de los liberales tras la Guerra de la Independencia (que, en realidad, tuvo mucho de guerra civil), la naturaleza de la mayoría de los «100.000 hijos de San Luis», llegados teóricamente de Francia para reponer a un Rey Absoluto tras el Trienio Constitucional, pero siendo, en realidad, españoles, partidarios del Absolutismo; la nueva represión que se abatió a partir de ahí sobre cuantos defendían la Constitución...

Y, reduciendo el foco a lo sucedido en el territorio andaluz, el fenómeno del bandolerismo permanece en las regiones nebulosas de las relaciones en pliegos de cordel cuando no en los renglones de la novela rosa... francesa, sirviendo, además, para ocultar movimientos tan importantes –ecologistas un siglo antes de que apareciera el Ecologismo– como el de los trabajadores de Río Tinto contra la atmósfera irrespirable ocasionada por la quema de minerales que terminó en la masacre de huelguistas ejecutada por el ejército enviado para acabar tajantemente con la protesta. Corría 1888 y de todo ello tan sólo quedaron dos nombres repetidos por labios populares y en voz baja: «el año de los humos» y «el año de los tiros».

La desaparición de todo ello del acervo común (de eso que, en mis tiempos, se llamaba «la cultura general») no sólo implica la ignorancia de hechos que fueron importantes en el pasado sino, sobre todo, la carencia de claves para combatir, por ejemplo, argumentos tan actuales como los del independentismo o para entender las guerras carlistas y su conexión con el nacional-catolicismo que estuvo vigente hasta la muerte de Franco y sigue coleando todavía.

Sobre todo eso reflexioné el otro día, en el castillo de Santa Catalina de Cádiz que, construido con el de San Sebastián como defensa de la entrada a Cádiz por la Caleta tras el asalto inglés, acabó siendo una cárcel en la que murió el insurgente mexicano José Mariano Abasolo y por la que pasaron prisioneros muy diversos, desde don Francisco Giner de los Ríos por defender el derecho a la libre expresión en la cátedra y en la calle al general Sanjurjo, por intentar el golpe de Estado de agosto de 1932, conocido como «la Sanjurjada».

El castillo tuvo el honor de quedar inmortalizado en la obra de Valle Inclán que, en Baza de Espadas coloca allí como condenado al general Dulce aunque no sea históricamente verídico ni que este militar fuera uno de los espadones merecedores de la ironía del dramaturgo ni que sufriera prisión en este lugar (estuvo desterrado en Canarias por ser partidario de que España concediera la independencia a sus últimas colonias).

La fortaleza fue restaurada esmeradamente hace algunos años para dedicarla a centro cultural, cometido que cumple muy bien, por lo que percibe el visitante. Lo que no percibe es, precisamente, es ese hilo que teje la Historia y la leyenda porque no aparece allí por ninguna parte como tampoco algo que forma parte de la cruda realidad dictatorial de los años de Franco. En el castillo de Santa Catalina también se ha olvidado la persecución del franquismo a gente tan pacífica como los Testigos de Jehová.

Éstos, como todo el mundo sabe, forman un colectivo religioso que, por una determinada interpretación de la Biblia, rechaza –entre otras cosas– la guerra y cuanto signifique ayudar a su desencadenamiento y, por tanto, sus miembros se niegan a vestir un uniforme militar y, por tanto, a realizar cualquier tarea (aunque sea pacífica) que esté relacionada con el oficio de las armas. Dado que el servicio militar era obligatorio, el negarse a realizarlo estaba castigado con prisión pero la pena se aplicaba de un modo tan irracional como cruel porque, cumplida la primera condena, se volvía a intentar obligar a vestir la ropa militar y, de esta manera, se juzgaba reiteradamente a personas por el mismo «delito» y, como al ladrón que es reincidente, se dictaban penas cada vez mayores que llegaban a sumar decenas de años.

La persecución a estos objetores de conciencia mediante procedimientos explícitamente ilegales para el Derecho Internacional explica que no era sólo el liberar España del comunismo lo que movía aquella satrapía: también la permanencia de una concepción nacional-católica que seguía rechazando en pleno siglo XX las ideas de los ilustrados del XVIII para hacer olvidar el valor de la conciencia.


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