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Mala leche

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
12 ene 2019 / 09:58 h - Actualizado: 12 ene 2019 / 10:15 h.
  • Mala leche

Las metáforas contra el odio concentrado son tan diversas porque nuestra capacidad definitoria no alcanza la profundidad del mal, así que solemos tirar por la calle de en medio: mala leche, mala sangre, malas entrañas. Las entrañas, la sangre o la leche intentan connotar algo tan básico en nuestra conformación como seres que si son malos o malísimos podrían justificar nuestra condición abyecta. El caso es que el ser humano recurre a lo poético cuando la realidad lo supera, no solo cuando lo ilumina en el tránsito hacia el descubrimiento feliz, sino también cuando lo hunde en la penumbra infinita del dolor gratuito.

Hay que tener mala leche para maltratar a un niño. No a un niño, perdón; a un bebé de dos meses, prácticamente a un recién nacido. Malas entrañas, mala sangre, mal fondo, ser trigo sucio, de fatal calaña, una bestia, un monstruo, hijo de mala madre, se dice también sin pensar necesariamente en la madre concreta. El maltrato infantil es recurrente en esta sociedad disparatada, como el maltrato a los ancianos, pues son dos sectores verdaderamente vulnerables de la población sin derecho a réplica, unos porque no saben defenderse y otros porque tal vez lo olvidaron...

Contaba ayer la página de sucesos que un bebé de dos meses llevaba días en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital Vall d’Hebrón de Barcelona con evidentes signos de maltrato: un gran hematoma en su tierna cabecita, un bracito fracturado y hasta cinco costillas rotas, algunas de ellas con callo, lo que indicaba maltratos anteriores, es decir, un historial de maltratos, como si cupiesen historia y pesadilla en apenas dos meses de vida. Hay informaciones tenebrosas: las costillas de un bebé encallecidas tras los golpes, lo que remite a una vida que despierta a la conciencia solo a través del sufrimiento.

Un bebé no piensa, porque no tiene asumido el lenguaje que se lo permita, pero sí siente, como cualquier animal que se relaciona con el mundo a través del instinto con que se defiende. Pero un bebé no puede defenderse porque apenas ve, apenas tiene movilidad, apenas asume la relación empírica con su medio más allá de lo que los adultos decidamos hacerle: acariciarlo es lo que solemos. Un bebé apenas pesa. Nuestra torpeza al tomarlo en brazos se debe al contraste entre su ingravidez y nuestra conciencia de que sostenemos a una persona completa en intangible escala. De modo que el instinto nos alerta contra la posibilidad de dañarlo con solo ejercer la presión con que vivimos cotidianamente. Todo lo cual quiere decir que para maltratarlo hay que darle la vuelta como un calcetín a nuestro propio instinto y comprobar malsanos lo fácil que es hacerle daño.

Lo más triste -lo tristemente insoportable- de la mala leche contra un recién nacido con huesos, tendones, dientes de leche es que, en su inconsciencia de criatura recién aterrizada al mundo sin voluntad propia, sin memoria, sin capacidad alguna de defensa, nos pone frente al espejo de lo que fuimos al nacer y seremos al morir: individuos con una inaudita capacidad de dañar la generosa cadena de la vida en que fuimos insertados. Lo más esperanzador, que el bebé terminará salvándose sin secuelas gracias a su incapacidad para la memoria, y solo gracias a ello podremos seguir esperanzándonos en el ser humano al margen de su propia mala leche.


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