martes, 11 diciembre 2018
16:39
, última actualización

Máster de verano (estampas veraniegas)

11 ago 2018 / 18:46 h - Actualizado: 11 ago 2018 / 20:15 h.

La edad no perdona. Se me desfondó la butaca de la playa y tuve que comprarme otra. La chica que me atendió me ofreció una más alta de lo normal, no sin antes mirarme de arriba abajo no fuese a ser que el pelo blanco la engañase. «Esta es comodísima», me dijo. Y la verdad que lo era. Ahora no tengo que doblar las rodillas tanto como antes para sentarme y el impulso que debo tomar para levantarme e irme a dar un chapuzón es más liviano. Contento con mi nueva butaca me fui a la playa para estrenarla con un libro de Philip Roth en el macuto. Pensarán como yo que alguna misteriosa conexión debe existir entre la butaca de señor mayor y el autor que mejor ha retratado la incongruencia vital de los humanos del primer mundo. Seguro que la hay.

Las páginas caían al ritmo adecuado hasta que me rodearon y desapareció eso que llaman mínimo espacio vital. Que si quiero melocotón, que si una cerveza, que qué me parece lo último de Pedro Sánchez, que si te quieres venir al chiringuito. No, no quiero, no pienso nada, no me interesa, estoy leyendo a Roth, por favor, un respeto. Pero soy educado y a todos respondo con una sonrisa mientras dejo de leer. Sin embargo, hay un momento en que las sombrillas se despueblan como por encanto, el éxodo. El calor aprieta y la gente se arremolina en la orilla con una lata fresca en la mano. Fue justo en ese momento cuando, volviendo egoístamente a la lectura, la vi por el rabillo del ojo.

Una luz amarilla casi imperceptible salía de la arena. Pensé en un objeto enterrado que, alumbrado por el sol, lograba emitir una señal. Así que empecé a escarbar, pero no encontré nada. Sucedió entonces que el haz de luz se hacía más potente conforme más arena amontonaba a mi lado. Seguí y seguí atraído por aquel rayo hasta terminar el interior de una cueva. Por su ancha boca veía el brazo de mi butaca y se intuía a lo lejos la ensordecedora algarabía playera. No me asusté. Arañé algo más de arena y descubrí la fuente de la luz misteriosa. Una puerta no muy alta y mal ajustada dejaba pasar por su quicio una fuerte claridad. La abrí sin llamar. Cuando franqueé me topé de frente con un viejo barbudo sentado en una silla de cuero de anchos reposabrazos. Me quedé helado, aunque allí hacía frío de por sí.

No tardó mucho en contarme quién era. Un viejo catedrático que, aburrido, se dedicaba a facilitar títulos de máster por un precio módico. Descreído de todo, hasta de sí mismo, tenía la firme voluntad de llenar el mercado de títulos inservibles. Me inquirió por mi currículo y en seguida me ofreció uno, bilingüe por supuesto. Dudé un instante, pero lo acepté, qué otra cosa podía hacer. Cuando me lo entregó firmado y sellado me advirtió: «Aunque mis títulos tienen todas las acreditaciones, por favor, que no le entren irrefrenables ganas de liderar un partido político. La competencia está que trina conmigo y lo aprovecharán para negar que es usted sobradamente competente para hacer agujeros soberbios en la playa». Le di las gracias y volví a mí butaca por donde había entrado más sabio que antes. Tengo papeles, envidiosos.


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