lunes, 18 septiembre 2017
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Me niego

22 abr 2017 / 19:16 h - Actualizado: 22 abr 2017 / 22:15 h.

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Me niego a aceptar que el balance de la Semana Santa de 2017 se quede en que unos «malasangre» –haciendo uso de uno de los calificativos que les aplicó la tarde del Viernes Santo el delegado de Seguridad y Fiestas Mayores, Juan Carlos Cabrera– o unos delincuentes con más de una treintena de detenciones anteriores intentaron fastidiarnos la Madrugá. Lo intentaron y, en parte, lo consiguieron. Pero sólo en parte porque provocaron estampidas fruto del miedo y del pánico que las peleas, el ruido u otras carreritas ocasionaron porque tanto desde las filas de nazarenos como de parte del público se trasladó calma, lograron recomponerse y seguir adelante.

Me niego a aceptar que las restantes jornadas, cobijadas bajo un sol radiante, pasen desapercibidas cuando, después de años en los que la lluvia nos ha fastidiado al menos uno de los días, han podido todas, absolutamente todas las hermandades, incluidas las vísperas, completar sus estaciones de penitencia.

Me niego a aceptar que todo lo que quede para la posteridad de este 2017 sea una Madrugá empañada por unos desaprensivos, que han jugado con la seguridad de todos, que han provocado cerca de un centenar de heridos, uno de ellos muy grave, que sólo han buscado reírse de todos los que presenciaban los cortejos generando un temor que no se percibió el resto de los días pese a que hubo jornadas con mucho más público del habitual, dejen en un segundo plano el éxito que ha supuesto el cambio horario de la Resurrección, para la hermandad y para la ciudad, incluso para la Iglesia de Sevilla.

Me niego a aceptar, no obstante, que esto quede en el olvido. Todos tenemos que aprender de esta triste experiencia, la quinta desde el año 2000. Sea organizado o no –lo determinará la investigación policial–, el daño causado –del que nos repondremos– ha sido mucho: heridos y muchas personas amedrentadas que no pueden olvidar el murmullo atronador de la estampida que se le venía encima sin saber de dónde venía ni por qué. Por muchas medidas de seguridad que se implanten, si alguien grita «Alá es grande» en las actuales circunstancias –con atentados yihadistas en Europa y el Mediterráneo– lo lógico es que todos salgamos corriendo. Necesitamos un castigo ejemplar para que el que vuelva a plantearse asustarnos tema las consecuencias. Necesitamos más educación para que niños, jóvenes y adultos sepamos cómo hay que ver cofradías, qué es lo que tenemos delante cuando pasa un paso y a respetar a los demás, sea cual sea su condición o religión. Necesitamos presencia policial que genere seguridad al público y haga desistir a los delincuentes. Nada de sillitas; aforamientos, los justos; pasillos de seguridad y control del consumo de alcohol en las calles.


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