miércoles, 18 octubre 2017
14:37
, última actualización

Mediana edad (y 2)

18 abr 2017 / 23:33 h - Actualizado: 18 abr 2017 / 23:33 h.

Cuando los años suman, los esfuerzos se hacen tortura, las sonrisas verdaderas no tienen ni remite ni señas, los cuerpos se rinden ante la física más facilona y las historias (antes interesantes, divertidas o sorprendentes) son cosa sabida y estéril. Los años señalan el camino del refugio. El mundo es un conjunto inexplicable en el que todo cabe excepto en lo que te has convertido. Todo es ajeno.

Somos muchos los conversos. La filosofía se hace propia, secreta. El aspecto se modifica con rapidez para ser sencillo. Las formas son casi deliciosas. Amebas. Amebas encantadoras que agarran la ley del mínimo esfuerzo como religión. Todo se reduce a un leve levantamiento de ceja ante lo que se hace inexplicable, a una sonrisa sincera (el otro no sabe que triste) y un sí a todo que luego ya haré yo lo que me dé la gana.

Las amebas encantadoras nos caracterizamos por mantener una discreta distancia. Ya hemos recibido lo nuestro y son los demás los que deben empezar a catar estacazos, traiciones. El cuerpo a cuerpo lo dejamos para ocasiones especiales, casi siempre con nosotros mismos. Pensamos a solas, amamos a solas, casi siempre de nosotros mismos, a nosotros mismos. Creemos a solas, siempre en nosotros mismos.

Somos ejército. Inofensivo. El ímpetu se quedó en alguna cuneta con la sien agujereada. Como casi todo. Nunca faltan voluntarios para pegar un tiro por la espalda a lo que pudiste ser.

Somos encantadores. Somos amebas. Somos lo que no pudimos.


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