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La memoria del olvido

Memoria de Bertuchi y compañía

19 ago 2018 / 23:00 h - Actualizado: 19 ago 2018 / 23:00 h.

Hace dos semanas, la sección Aladar de este periódico dedicaba una de sus páginas a Mariano Bertuchi, un pintor granadino de las primeras décadas del siglo pasado que, a pesar de su maestría, es poco conocido. En realidad el artículo de la sección era una recensión de la única exposición que tuvo el artista, una muestra demandada desde los primeros tiempos de la democracia pero realizada con más pena que gloria en el año 2000 para cubrir el protocolo de un día de la visita a Marruecos del presidente Aznar a quien, en aquel momento, interesaba, sobre todo, hacer ver que iba a acabar con la inmigración ilegal.

Bertuchi fue, sin embargo, bastante más: formó parte de la minúscula pero esforzada inteligentzia que intentó sacar frutos civilizatorios de la locura colonial emprendida sin orden ni concierto por la España de los espadones a mediados del XIX y que, a la postre, no sería otra cosa que el huevo de la serpiente del golpe de Estado de 1936.

Además de nuestro granadino, estaban ahí el doctor Cenarro, verdadero artífice de ese Tánger moderno que ha podido permitirse el lujo de llevarse para allá la final de la supercopa, los arabistas Clemente Cerdeira y Rodolfo Gil Benumeya, arquitectos como Casto Fernández Show y José María Bustinduy..., en resumen: personalidades españolas de las cuales los españoles apenas tenemos idea.

La ciudad tangerina, verdadero escenario de la Casablanca fílmica de cartón piedra, era años antes de la irrupción de los fascismos, algo parecido a la ciudad sin nombre de la película de Clint Eastwood y Lee Marvin hasta que Cenarro –verdadero rector de la Comisión Internacional que la gobernaba, le puso infraestructura sanitaria y red viaria. Por su parte, la Tetuán que asumió la capitalidad del protectorado español, seguía siendo, prácticamente, la misma en la que había entrado Prim tras la batalla de Castillejos más de medio siglo antes. Fueron Bertuchi y los arquitectos los que lo transformaron, haciéndolo, además, con un criterio muy distinto al que mantuvieron los franceses en Fez o Marraquech.

Fernández Show, Bustinduy y varios más no pretendieron levantar una ciudad europea al exterior de la medina o ciudad tradicional como podemos ver aun en esas otras capitales nombradas más arriba sino que su proyecto se llamó desde un principio Ensanche y por ello conectó y conecta con los barrios antiguos fundado a finales del siglo XV por los granadinos partidarios de El Zagal, tras ser vencido este por Boabdil.

Cerdeira, desde su puesto de interventor, se puso a realizar el papel de antropólogo (no sé si esa titulación existía ya en las universidades españolas; me parece que no) y estudió las costumbres y los oficios, las corporaciones tradicionales como las cofradías, sus romerías o mussem... y Bertuchi, además de pintar muchas de las cosas que su compañero estudiaba y a mostrar sus dotes de extraordinario cartelista en los de promoción turística llevada a cabo por la Comisaría Regia del Marqués de la VegaInclán y por los gobiernos de la II República o en las bellísimas colecciones de sellos de Correos, se dedicó a fundar instituciones que serían claves para el desarrollo cultural de la zona no sólo durante la etapa colonial sino también después de que Marruecos recuperara su independencia.

Gracias a la Escuela de Bellas Artes que creó, Tetuán ha estado desde entonces a la cabeza de las artes plásticas (facetas que no son muy comunes en los países donde predomina la iconoclasia de la religión musulmana); también fundó el Museo Etnográfico que hoy sigue abierto y la Escuela de Artes y Oficios, que impidió que se perdieran técnicas artesanales con siglos de existencia, muchas de ellas llegadas desde la Granada nazarí.

Precisamente, partiendo de ahí es desde donde podemos comprender el porqué del olvido de estos personajes por parte de España. Recuerdo que en el desarrollo de un acto celebrado en el salón principal de esta institución, alguien, llegado de Andalucía, aludió a lo claramente que se percibía allí la influencia de los cánones artísticos y artesanales magrebíes sobre los andaluces sin darse cuenta de que la realidad era, exactamente, la inversa: que de igual manera que todo aquello no era sino obra de los alumnos del granadino Bertuchi, en siglos anteriores había sucedido más o menos lo mismo y que, como escribió Gil Benumeya, Marruecos era andaluz.

Pero eso es lo que no ha sido visto nunca por la España cateta intelectualmente de mediados del ochocientos que, pensando solamente en subirse a los barcos y trenes baratos de la corriente filoexótica europea, cruzaba yendo de Norte a Sur el Estrecho de Gibraltar, llegaba a Ceuta y, en cuanto divisaba Castillejos escribía en la primera página de su diario: «Se nota hasta en el más mínimo detalle que hemos llegado a Oriente» sin saber que eso era lo mismo que había escrito Edmundo d’ Amicis en el tren mientras pasaba Despeñaperros tomando por africanas las chumberas venidas de América.

Ese complejo dejó perdida la obra de Bertuchi y sus amigos porque, sin pretenderlo (al contrario de Fortuny y otros orientalistas), retrataba una sociedad melliza de la nuestra en los oficios, las procesiones, las ermitas, las romerías, las casas de hermandad, el paisaje, el urbanismo tradicional, el vocabulario agrícola, las costumbres de la aristocracia y de las clases populares... y eso era demasiado.

Mariano Bertuchio dejó en Sevilla una pequeña obra: el pabellón de Marruecos español de la Exposición Iberoamericana, la sede actual de la Delegación de Parques y Jardines. Tampoco, como el resto de la arquitectura de aquel evento, está bien vendido.


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